Cada vez que un titular anuncia que “los científicos no dan crédito”, en algún laboratorio del mundo alguien levanta la vista del microscopio y se pregunta, con genuina perplejidad, cuándo exactamente le asignaron una sucursal bancaria. Porque, conviene aclararlo desde el principio, la ciencia no da crédito. No concede préstamos, no abre líneas de financiación emocional y, desde luego, no fía milagros a treinta días sin intereses.
Sin embargo, el titular persiste. Es resistente. Como el moho. Como las cucarachas en un holocausto nuclear. Como ciertas ideas que sobreviven a cualquier contraste con la realidad. “Los científicos no dan crédito” suele traducirse, en lenguaje menos literario, como “esto me parece muy fuerte y quiero que usted también se lleve las manos a la cabeza”. No informa. Sugiere estupor. Y el estupor vende.
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