Mis lecturas de 2014 en citas escogidas

[Actualizado el 2 de enero de 2015: se han insertado dos citas y cuatro libros]

 

A continuación pongo citas de algunos de los libros que he leído durante 2014. No están todos, pero sí algunos de los que más me han marcado y de los que puedo hablar (hay una docena de libros que tratan del científico de mi próxima biografía, ya comentaré cuál es). Algunos de la selección que aparece en la fotografía no llevan cita abajo. De todo ha caído en mis manos (entre treinta y cinco y cuarenta): divulgación, novela, ciencia ficción, fantasía, poesía, etc. Y sí, algún libro pseudocientífico he leído (con esfuerzo), hay que conocer de lo que se habla.

 

 

«Al fin y al cabo, las ideas que al principio nos parecen absurdas se vuelven familiares después de un tiempo, hasta el momento en que nos sentimos cómodos con ellas y no sabemos si es porque las hemos entendido o, sencillamente, porque nos hemos acostumbrado a manejarlas así». ¿Qué hubo antes del Big Bang?, Rafael Alemañ.

 

«Si todo se transforma con el paso del tiempo, es razonable suponer que también lo haya hecho la noción de ciencia, cuya historia es el objeto de este pequeño libro». Historia de la ciencia, Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron.

 

«Teoría… sueños… —me interrumpió restregándose las manos—. Yo lo conozco a Ricaldoni, y con todos sus inventos no ha pasado de ser un simple profesor de física. El que quiere enriquecerse tiene que inventar cosas prácticas, sencillas». El juguete rabioso, Roberto Arlt.

 

«Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos». Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

 

«Mi madre me contó una vez que, hace mucho tiempo, había gente que no compraba productos modificados genéticamente porque les parecía antinatural. Ahora no tenemos otra alternativa». Divergente, Veronica Roth.

 

«Algunos son como Caleb: personas a las que todo fascina, que no se sienten satisfechas hasta saber cómo funcionan las cosas.». Insurgente, Veronica Roth.

 

«[…]desconfío de la gente desesperada». Leal, Veronica Roth.

 

«—Estaría mirando por el balcón para ver en el cielo a esos extranjeros que dicen que van a subir a la Luna —dice mi abuela—. Ahora que es de día y la Luna no se ve, ¿cómo encuentran el camino? —Cómo lo van a encontrar, pues con esos aparatos que llevan —dice mi madre, que se fija mucho en las películas y ha visto en el cine algunas de astronautas—. Son gente muy lista, que ha hecho muchos estudios». El viento en la Luna, Antonio Muñoz Molina.

 

«Aunque existen muchos mentirosos entre los humanos, éstos son menos en número que los honrados. En la evolución de nuestra especia ha primado la sinceridad. De no ser así, hoy en día no estaríamos viviendo en sociedades tan numerosas basadas en la colaboración». Yo, mono, Pablo Herreros Ubalde.

 

«Mi intención es que el lector […] llegue a la última página con la impresión de que la ciencia es apasionante, que está todo por descubrir y que el mundo es jodidamente extraño». ¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos? Historias de bombas, astronautas y cerebros, Antonio Martínez Ron.

 

«Si alguna vez has pensado en dar las gracias a las personas que han hecho posible que las puertas de los supermercados se abran solas, aquí tienes a una de ellas, el señor Albert Einstein, ya que los sensores que controlan las puertas se basan en el efecto fotoeléctrico que él explicó». El diseño inteligente ¡vaya timo!, Ismael Pérez Fernández.

 

«Insisto: a mí de los embutidos me preocupa su contenido en grasas saturadas y en colesterol, y del vino el alcohol. Los nitritos y los sulfitos, no . Mejor nitrito y sulfato que intoxicación letal». Comer sin miedo, J. M. Mulet.

 

«Pero la física sin mediciones sencillamente no existe». Por amor a la física, Walter Lewin.

 

«Pero como los átomos son unos conformistas desprovistos de imaginación, llenan las capas y los niveles de energía en el mismo orden en toda la tabla». La cuchara menguante, Sam Kean.

 

«El mejor modo de esconder algo —prosigue— no es el lugar más recóndito, sino el que pueda resultar más obvio». Mariela 1972. Un asesinato en Rota, José Antonio Lucero.

 

«Recuerda el auge que tuvieron en aquel momento tanto religiones como sectas, neoastrólogos, videntes, avistamientos de OVNIs…». El legado de Prometeo, Miguel Santander.

 

«Aquellas madres temían bien; resultó que sus hijos fueron tal y como lo presintieron: escépticos, preguntones, disconformes y burlones, cuando lo único que deberían hacer para ser como ellas era creer en todo, no preguntar nada, asentir a todo y no reírse de nada». Las ciegas hormigas, Ramiro Pinilla.

 

«Con Jordi Hurtado hay bromas sobre su supuesta mortalidad (se dice que murió hace años y RTVE se niega a reconocerlo) y su inmortalidad (que tiene un trato con el diablo para mantenerse igual década tras década). En un monólogo de El club de la comedia, Santiago Segura preguntaba: “¿Que Jordi Hurtado ha muerto? ¿Otra vez?”». Neurozapping, José Ramón Alonso.

 

«[…]le faltaba algo para ser feliz e importante aunque ignorara que, en realidad, para ser feliz e importante le faltaba casi todo». Sin tetas no hay paraíso, Gustavo Bolivar Moreno.

 

«Llamo Planilandia a este mundo, no porque lo llamemos de este modo, sino para que su naturaleza os resulte más comprensible, felices lectores, que gozáis del privilegio de vivir en el Espacio». Planilandia, Edwin Abbott.

 

«¿Es verdad que Charlot se presentó a un concurso que buscaba un doble suyo». Ya está el listo que todo lo sabe, Alfred López.

 

«[…]sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie». La conjura de los necios, John Kennedy Toole.

 

«Así que parece que cualquiera que quiera ser un famoso o famosillo, debería ir pensando a qué fobia apuntarse». Dispara tú primero y otras historias de la Neurociencia, José Ramón Alonso.

 

«Censuró la conducta de Carlota, dijo que no se debía hacer creer nada a los niños; que estos abusos eran origen de errores y supersticiones sin número, que hay necesidad de evitar desde muy temprano…». Werther, Johann Wolfgang von Goethe.

El arte de vender mierda [Libro]

Fernando Cervera es, por encima de todo, un valiente. Estamos hablando de un joven biólogo valenciano que no cumple los treinta años y que publica su primer libro cargado de polémica y lucha, El arte de vender mierda (Laetoli). Su ópera prima se lee de un tirón, en una sentada. Cervera y su amigo Mariano, hartos de las pseudomedicinas, deciden inventarse una pseudoterapia: el fecomagnetismo. O lo que es lo mismo: mierda diluida homeopáticamente. Y consiguen meterse en el mundo de las pseudociencias, entrar en los congresos, ser citados por blogs e incluso dar una conferencia. Prologado por Javier Armentia, el libro no puede ser más que una voz beligerante en cuya lengua los pelos no encuentran cuna:

 

«Habíamos conseguido nuestro objetivo en tan solo una semana, y nuestra pseudoterapia, por muy estúpida que pareciera, había comenzado a extenderse y se hablaba de ella en algunos sitios de Internet. Habíamos demostrado que no existía ningún mecanismo de control sobre qué se publicaba en páginas de “terapias alternativas”, pues si tenías dinar lograbas fácilmente el reconocimiento de páginas y revistas que, en teoría, eran especialistas en el sector. Es más, la gran mayoría de los pseudoterapeutas con los que hablamos se creyeron completamente nuestros fundamentos pseudocientíficos.»

 

Cervera ofrece nombres, apellidos y direcciones web, insistimos, sin pelos en la lengua, un valiente de los que hace falta en la lucha contra las pseudochorradas. Pero no podemos contar más, esta pequeña obra es del tipo de las que no se puede un crítico extender mucho. Lo mejor es leer el libro, un relato de su aventura que le ha dejado a su autor alegrías y sinsabores, esperanzas y desilusiones. No deja al lector indiferente.

Neurozapping [Libro]

Cualquier pretexto es bueno para hablar de ciencia. En los últimos años se ha generalizado el uso del mundo de los súper héroes para hablar de física y de ciencia en general. Hoy os traigo «Neurozapping», la propuesta de José Ramón Alonso, quien mantiene un blog de temas muy variados, no solo de ciencia, llamado UniDiversidad. José Ramón Alonso es director del Laboratorio de Plasticidad neurona y Neurorreparación del Instituto de Neurociencias de Salamanca. Tiene en su haber varios libros publicados y ha ganado los premios de divulgación científica más conocidos de España: Teresa Pinillos y Prisma.

 

«Nerurozapping» es el segundo libro que publica Laetoli en la colección Las dos culturas sobre el tema de la neurociencia. El primero fue «Neurociencia para Julia», de Xurxo Mariño, del que debo una reseña. Alonso utiliza como excusa las series de televisión para tratar temas relacionados con la neurociencia. El lector comienza leyendo la presentación de la serie, por si hubiera algún despistado que no la recuerde y, sin saber cómo, estás leyendo sobre el síndrome de Asperger, el síndrome de Tourette, los efectos de la ricina en el sistema nervioso, el síndrome de las mujeres desesperadas (curioso esto), la encefalofagia, el donjuanismo, la epilepsia, la anosmia y un sinfín de temas interesantes. Cuando el lector ya está introducido en el mundo de la neurociencia y había olvidado por completo que se había comenzado hablando de una serie, el autor recuerda algún personaje de la serie y realiza las conexiones pertinentes. Todo muy natural, bien tejido y con unos capítulos que gozan de la extensión perfecta para lecturas de fin de verano.

Y, por supuesto, no faltan los pasajes divertidos. El autor se atreve a salir de las series para indagar en el concurso televisivo español más veterano: «Saber ganar». No puede dejar de llevarse por la tentación (y todo para acabar hablando de la discalculia):

 

«Con Jordi Hurtado hay bromas sobre su supuesta mortalidad (se dice que murió hace años y RTVE se niega a reconocerlo) y su inmortalidad (que tiene un trato con el diablo para mantenerse igual década tras década). En un monólogo de El club de la comedia, Santiago Segura preguntaba: “¿Que Jordi Hurtado ha muerto? ¿Otra vez?”»

 

El propio autor presentaba su libro con el índice, en UniDiversidad. Este índice lo dice todo:

 

Yo, mono. [Libro]

 

Pablo Herreros Ubalde no deja indiferente ante la lectura de «Yo, mono», el lector se ve obligado en múltiples ocasiones a detener su actividad y quedar con la boca abierta. Como un bobalicón. Y es que se trata de un libro ameno y con un enfoque interesante: el estudio de paralelismos entre el humano y resto de primates. Nos cuenta el autor en la introducción que el nombre del libro se toma prestado de su propio blog. Yo, mono es un blog alojado en El Mundo cuyo nombre se debe a Fernando Baeta. Por otra parte, en el sitio yomono.es puedes ver algunos textos relacionados con el libro, además de interesantes y divertidos vídeos.

 

Los malos líderes se imponen a la fuerza y son malos con el grupo.

 

El primer capítulo no puede empezar con una mejor frase, «Los primates juegan a los mismos juegos de poder que los humanos». No somos los únicos animales políticos, los chimpancés y bonobos realizan las mismas maniobras políticas propias de una vida en grupo. A lo largo de todo el libro Pablo Herreros habla experimentos para mostrar hipótesis de todo tipo. En el segundo capítulo, «Primates en el parlamento», habla del instinto cooperador de los bonobos pues, en un experimento, cuando se le ofrecía comida a uno la compartía con los demás. En esta línea, Herreros defiende la tesis de que el ser humano es cooperador por naturaleza, de hecho es lo que nos ha llevado a ser lo que somos. Es cierto que existe la corrupción, como discute en el tercer capítulo, «Corrupción en la selva», aunque no es una tendencia mayoritaria pues, de lo contrario, no habría países ni gobiernos.

 

Aunque existen muchos mentirosos entre los humanos, éstos son menos en número que los honrados. En la evolución de nuestra especie ha primado la sinceridad. De no ser así, hoy en día no estaríamos viviendo en sociedades tan numerosas basadas en la colaboración.

 

La mentira también la compartimos con otros primates, que saben esconder plátanos o fingir cojera. Ya en el capítulo cuatro profundiza en el tema que parece principal: «Monos altruistas y supercooperadores». El autor nos convence de que la cooperación y el trabajo en equipo ha sido crucial para la evolución del ser humano. Pero hay normas, como en el juego, que también presentan los pequeños primates. Incluso tu perro, pues sabe hasta qué punto puede apretar en la mordida. Si muerde más de la cuenta, el resto de perros deja de jugar con él y lo excluye. A pesar de ello, no podemos obviar la crueldad que vemos cada día en las noticias, para esto también tiene respuesta el autor. En cualquier caso, desde pequeños aprendemos a elegir con quien cooperamos y a quien ayudamos, ahí tenemos el quid de la cuestión. Esta cooperación de la que estamos hablando sería imposible sin la resolución de conflictos. Los conflictos son la clave de la cooperación, como puede leerse en el quinto capítulo, «Movida en la selva». Le sigue un capítulo dedicado al arte en los primates, pero vemos más interesante saltar a «Primates en el IBEX 35», el séptico capítulo. En este punto se vuelve a tocar el tema del liderazgo. En un correcto liderazgo el grupo cede parte de su poder al líder, es decir, se trata de un fenómeno grupal, no individual. El término usado por Carlos Herreros de las Cuevas sería «seguiderazgo», como traducción del término en inglés que define el fenómeno, followership. Pablo Herreros nos recuerda que los primates «no nos sentimos seguros ni comprometidos si trabajamos en grupos grandes». Una gran verdad, apoyada en que hemos evolucionado en comunidades pequeñas, somos capaces de cooperar y darlo todo por el que conocemos.

 

El capítulo ocho es, ante todo divertido, empezando por el nombre: «Sexo, drogas y Rock and Roll en la selva». Las tres cosas de las que habla el título no son propias del ser humano, dejemos de ser tan antropocéntricos. Las chimpancés tienen multiorgasmos, las monas eligen, todos los primates sufren adicción por las drogas y el alcohol, y existen muchos animales gays en la naturaleza. Incluso nos cuenta cuál es el origen de la aversión por el incesto, que no solo es social.

 

 

Trata con la cautela esperada el asunto de las neuronas espejo, en el noveno capítulo, «La inteligencia emocional de los animales». En resumen, la empatía no es propia de los seres humanos. Cierra el libro Herreros Ubalde explicando qué entiende él por «El mono de las dos caras», un capítulo de solo dos páginas que es mejor que leas, ya que las poco más de doscientas páginas de este libro son recomendables. Es un texto divulgativo al alcance de cualquiera, al más puro estilo «mono desnudo». Nos parecemos a los primates, y mucho. «Yo, mono» es una cura de humildad para muchos humanos.

Puedes seguir a Pablos Herreros Ubalde en https://twitter.com/somosprimates.

[Libro] ¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?

Antonio Martínez Ron (@aberron) es un maestro del titular, por sus venas corre todo un periodista experto en localizar historias sorprendentes. Son Fogonazos que no te roban más de cinco minutos y que ya superan los diez años en la blogosfera. Con motivo de este aniversario en 2013 publicó el libro «¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos? Historias de bombas, astronautas y cerebros». Se trata de una obra que recopila alguna de las entradas que ha escrito en Fogonazos, Libro de Notas, Naukas y Quo.

Galileo leería este libro y destruiría pseudocientíficos con su rayo mortal.

El título de la antología lo toma prestado de un artículo que vería la luz en 2009, ¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos? Aunque esta historia ya nos sorprendió en su día, no deja de abrirnos la boca de nuevo si la leemos cinco años después. Sobre todo a los que somos de memoria corta. El último artículo cierra el libro como empezó, pero no se os va a contar. Lo mejor es que lo leáis vosotros mismos. Este remate me ha parecido que le da clase al libro y te deja en el rostro una sonrisa. De hecho, cuando terminé dije en alto «¡qué bueno!», literalmente.

No solo los titulares de Antonio Martínez son excepcionales (sin duda los mejores que conozco en la red), también la introducción en cada uno de los artículos engancha desde el principio. Comienza las historias con preámbulos sobre la vida de alguna persona, para ir introduciéndonos, poco a poco, en una anécdota concreta hasta que, finalmente, nos cuenta lo que nos quería contar. Y te deja con las ganas de profundizar en los conceptos científicos, le falta decir un «¿quieres saber más?, pues investiga por tu cuenta». A esto se le llama popularización de la ciencia con todas sus palabras, pues habla de temas científicos con toda naturalidad, sin aspavientos ni ataques de arrogancia. De ahí los fogonazos, los asombros diarios.

Parece que al autor le interesan las historias de astronautas bombas, cerebros, etc. Historias extrañas, casi de películas, como salidas de la imaginación de algún tipo de genio loco de la intriga. Pero son historias reales. Y todas tienen un denominador común en la pluma de Martínez Ron: eleva la ciencia a la práctica de la vida cotidiana. Tiene varios secretos para conseguirlo (arriba se habla de los titulares y del estilo literario), pero quizás su arma más poderosa es que consigue contactar con los protagonistas de estas historias, ya sea directamente o mediante la investigación periodística. Nos lo cuenta, prácticamente, en primera persona.

 

Comer sin miedo [Libro]

Comer sin miedo (Debate, 2014) es el segundo libro de J. M. Mulet (@jmmulet). El autor despliega su buen hacer en la divulgación, a saber, dinamismo y cercanía al lector. Puede parecer que es demasiado cañero con los charlatanes, pero por desgracia este tono beligerante es muy necesario, sobre todo en una sociedad europea que se preocupa por los transgénicos y los aditivos, habida cuenta de que el pasar hambre no es su principal problema. Y así lo hace notar Mulet, con ironía y humor, a mi entender, dos herramientas básicas.

Sigue leyendo

Mariela, 1972. Un asesinato en Rota [Libro]

En una noche de agosto de 1972 aparece el cadáver de una muchacha, en la playa del Chorrillo, en Rota. Las circunstancias son muy extrañas, sobre todo el hecho de que junto al cuerpo se encuentra un teléfono móvil Nokia. En 1972. Es imposible no acordarse de Marty McFly y de Doc, el simpático científico loco de Regreso al Futuro. En un principio puede resultar abusivo el uso del presente histórico, pero a medida que se van desarrollando los acontecimientos (a veces esperados, a veces no), esta sensación no solo desaparece sino que se convierte en un recurso fundamental.

 

Mariela, 1972. Un asesinato en Rota no es un libro de ciencia ficción al uso, tampoco es un libro de divulgación científica. No se trata de una novela negra clásica y tampoco se nos ofrece historia de amor de las de toda la vida. Sin embargo, en sus aproximadamente trescientas páginas pueden sentirse cómodos los lectores de ciencia ficción, divulgación científica, novela negra y pataletas románticas. Una historia, por tanta, llena de barnices de distintas escuelas y una equilibrada miscelánea de colores. Tenemos en la mano la opera prima de José Antonio Lucero, un joven roteño Licenciado en Historia y Master en Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. Ha conseguido introducir algo de física sin mojarse los dedos y, además, navegando por el relato se encuentra el lector con algunas sorpresas de Asimov y Wells. Explicar algo más podría ser considerado spoiler. Hasta aquí puedo leer.

En la página web del libro puedes dar respuesta a preguntas frecuentes, además, puedes ver cómo comprar el libro, incluida la opción de que te lo manden a casa firmado y todo.

El legado de Prometeo [Libro]

Miguel Santander nos plantea una Tierra azotada por el cambio climático y por la escasez de energía. En este escenario, Daniel es el protagonista de esta historia, un físico que descubre un agujero negro a tan solo dos años luz del Sol. El autor sabe introducir en El legado de Prometeo la vida personal de Daniel a la par que el proyecto en el que se embarca: un viaje de ida y vuelta de 45 años en la Éxodo, hacia el agujero negro. La razón: allí podrán encontrar una nueva forma de conseguir energía, la energía negra, según la mente brillante de Daniel. Entre tanto, se desarrollan todo tipo de acontecimientos inesperados entre los quinientos tripulantes de la misión, a la par de otros sucesos en la Tierra.

 

– ¿Entonces Némesis era una estrella que acabó como supernova? -el joven frunció el ceño.

– Tú lo has dicho. Era. En su lugar, quedó sólo su núcleo inerte, tan denso y tan pesado que incluso la luz es incapaz de escapar de su interior. Un agujero negro. ¿Peligroso entonces? No, si no te acercas demasiado. También orbitamos alrededor de un agujero negro gigantesco en el centro de la galaxia, mucho más lejos, y nadie se rasga las vestiduras por eso.

– Aun así, el mensaje de tranquilidad no pareció llegar a mucha gente…

– ¿Y te extraña? Teniendo explicaciones fantásticas como alternativa, ¿quién sería tan aburrido de aceptar la simple verdad? -respondió en tono sarcástico-. Recuerda el auge que tuvieron en aquel momento tanto religiones como sectas, neoastrólogos, videntes, avistamientos de OVNIs… Pero lo mejor fueron las manifestaciones y propuestas de ley en cierto país para abolir el agujero negro o, al menos, para prohibir hablar de él… por no mencionar a una empresa que se dedicó a vender parcelas «espacio-temporales» en su interior.

El chico rio al oír aquello, y Daniel se relajó.

 

Este libro no es solo un relato entretenido, es una novela de ciencia ficción que nada tiene que envidiar a grandes como Clarke. El punto fuerte de este libro lo encontramos en el tratamiento de los conceptos científicos, en palabras del propio autor «A la hora de elaborar El Legado de Prometeo he puesto especial énfasis en la verosimilitud científica y técnica del argumento y en la extrapolación especulativa de la situación sociopolítica actual, a lo largo del presente siglo». Tanto es así que las páginas finales las cierra con toda una lista de artículos científicos en los que apoya su redacción: extracción de energía de un agujero negro de Penrose, retroiluminación del Sol, dilatación temporal, métrica de Kerr, etc.

 

El legado de Prometeo está editado por Iniciativa Mercurio. y fue galardonado con el Premio UPC 2012.

 

Nos encontramos, por tanto, ante una trama perfectamente tejida que no dejará indiferentes a amantes de la ciencia ficción y, sobre todo, del rigor científico. En el propio blog Tras el horizonte de sucesos de Miguel Santander puedes encontrar muchas reseñas interesantes que ampliarán, con creces, la poca información que hemos escrito aquí. Pero lo mejor es que leas el libro, las reseñas después. Puedes encontrarlo en papel o en ebook (¡solo 5 €!). Por cierto, puedes bajarte los primeros cinco capítulos en la página de Iniciativa Mercurio, cuidado, que es adictivo.

Regalo de Reyes [Libro]

Actualización (25 de noviembre de 2013): no recordaba que la novela de la que se habla abajo tiene su propio blog: Regalo de reyes.

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«Regalo de Reyes» es la primera novela de Jesús Zamora Bonilla, publicada en Tagus, la editorial de La Casa del libro. Se trata de un relato realmente entretenido, en el que se mantiene la tensión de manera adecuada, mezclando personajes de distintas escalas sociales de un modo magistral. Las historias de los personajes son aparentemente divergentes, pero las relaciones se van desvelando poco a poco, a su debido momento. La novela no es para nada una historia más de códices ocultos, es un texto donde se aprenden asuntos de muy diversas temáticas, entre ellas algún que otro guiño a la ciencia. Y tirón de orejas a las pseudociencias. De hecho, en un momento dado se hace referencia a un programa de televisión llamado Oráculo galáctico, se parece sospechosamente a cierto programa de misterios. Respecto a la ciencia, me quedo con dos momentos: el carbono 14 y la escala scoville. Muy recomendable, una novela repleta de inteligencia, de cultura y en la que no hay cabos sueltos. Disfrutarás.

Sinopsis en la web de La Casa del libro.

 

Historia de la dotación de carbono 14

Me permito citar por completo una conversación entre dos personajes de la trama. Se trata de Ernesto y su hermosa Christine. Más adelante el autor incluso recuerda que fue Willard Libby el precursor de la técnica de datación de carbono 14. Un poco de cultura general le viene bien a cualquier lector y lo convierte en una lectura que despierta la curiosidad.

–Buenos días, amor –dijo ella.
–Buenos días, princesita –dijo él, de nuevo en español.
–¿Te marchaste muy pronto?
–Qué va, hace menos de dos horas. Me quedé dormido como un tronco.
–Yo también.
–Es que el trabajo cansa mucho.
–Ayer trabajamos mucho los dos.
–Y tú además hiciste un descubrimiento muy importante.
–Claro, te descubrí a ti –proclamó la joven, ocasionando una súbita explosión de felicidad en el pecho de Ernesto, una sensación de beatitud como nunca había experimentado, y que debía de ser lo más parecido al estado en el que se encontraban permanentemente las almas de los bienaventurados en el paraíso celestial. Iba a tener razón Nicasio Lequerica sobre aquello de que había que dejarse arrastrar por la naturaleza.
–Yo sí que he descubierto algo fantástico.
–¡Y que lo digas! ¡Los principios del radiocarbono! –exclamó ella riendo y dando unos saltitos hacia adelante.
Ernesto se ruborizó súbitamente. Se dio cuenta de que recordaba a la perfección todo lo que ella le había explicado sobre el carbono catorce durante la primera tregua que habían dado a sus múltiples éxtasis de aquella noche.
–Pues me lo he aprendido muy bien. Si quieres te lo demuestro –la desafió él, mientras le daba alcance.
–Venga, cuéntamelo.
–Primero hay que saber lo que son los isótopos.
–Muy bien, ¿y qué son?
–Son cada uno de los tipos de átomos que corresponden a un mismo elemento químico, como el oxígeno, el cobre, el mercurio, etcétera. Los átomos de un elemento químico tienen todos el mismo número de protones, y así tienen la misma carga eléctrica, pero pueden tener diferente número de neutrones, y por lo tanto, pesos diferentes.
–¿Por qué?
–Porque protones y neutrones pesan lo mismo, pero los primeros tienen carga eléctrica positiva, mientras que los segundos son neutros, como indica su nombre. Así que el número de electrones (partículas con carga negativa) que tendrá un átomo en su corteza dependerá sólo del número de protones que haya en el núcleo, no del número de neutrones, y es el número de electrones el que a su vez determina las propiedades químicas del átomo, o sea, qué tipo de elemento químico es.
–¡Fabuloso! Tengo un alumno aprovechadísimo.
–Y que desea aprovecharse todavía muchísimo más de su maravillosa profesora.
–Ya veremos eso. Bueno, ¿y qué más?
–A lo que sí que afecta el número de neutrones que tiene un átomo es a su estabilidad. Algunos isótopos son más estables que otros. Los que son menos estables se desintegran a un ritmo constante, emitiendo radiaciones al hacerlo, y por eso se llaman radiactivos.
–Muy bien.
–Pasamos ahora a hablar del carbono. Un átomo de carbono tiene siempre seis protones, pero puede tener seis, siete u ocho neutrones, de modo que existen tres isótopos posibles de ese elemento químico: el carbono doce (pues tiene seis protones y seis neutrones), el carbono trece y el carbono catorce. Los dos primeros son estables, pero el tercero es inestable: cada cinco mil quinientos años, aproximadamente, se habrá desintegrado espontáneamente la mitad del carbono catorce contenido en cualquier objeto.
–Me asombra tu memoria.
–Yo lo recuerdo todo, preciosa –presumió Ernesto, y prosiguió–. Lo que sucede es que, de forma natural, en la tierra sólo hay carbono doce y carbono trece, pues el otro desaparece muy fácilmente, como se ha dicho. Ahora bien, en ese caso, ¿cómo es que existe en nuestros días alguna cantidad de carbono catorce? –se preguntó retóricamente el español, repitiendo palabra por palabra la formulación que había empleado Christine aquella noche, y hasta sus didácticos movimientos del dedo índice, mientras él reposaba la cabeza entre los espléndidos pechos desnudos de la joven–. Pues porque el carbono catorce se genera de manera continua en la atmósfera en una pequeñísima cantidad, debido al bombardeo de rayos cósmicos que golpean los átomos de nitrógeno (el principal gas que compone la atmósfera), transmutándolos en carbono. Los seres vivos absorben ese carbono radiactivo mediante la respiración y la alimentación, de manera que, de todo el carbono contenido en cada planta o animal que no haya muerto todavía, aproximadamente una diezmilmillonésima parte es carbono catorce.
–Admirable.
–Debido a que los átomos son tan minúsculos, aunque la proporción que acabamos de decir sea muy pequeña, resulta que en cada kilo de materia viva hay millones de átomos de radiocarbono, cuya tasa de desintegración puede medirse con un contador de radiactividad. Sabiendo que cada cinco mil quinientos años habrá desaparecido la mitad del carbono catorce contenido en los restos de un ser viviente, se puede calcular cuánto tiempo hace que murió, simplemente midiendo cuánta radiación emite todavía esa materia. Si emite la mitad que la misma cantidad de materia que está todavía viva o que acaba de morir, ese objeto tendrá cinco mil quinientos años de antigüedad; si emite la cuarta parte, el objeto tendrá once mil años; si emite la octava parte, es que tendrá dieciséis mil quinientos años, etc., etc. Para restos de más de cincuenta mil años de antigüedad, la cantidad de radiactividad emitida es tan pequeña que no se puede medir la edad por este procedimiento: el método sólo nos dice que es de hace por lo menos cincuenta mil años. Pero para la mayoría de los materiales orgánicos procedentes de las sociedades neolíticas o de las civilizaciones antiguas, el proceso es perfectamente adecuado.
–Me has dejado pasmada –reconoció Christine–. Con una sola explicación, y en esas circunstancias…
–Tú sí que me has dejado pasmado a mí, con todo lo que sabes, princesa. Bueno, ya estamos en las ruinas.

 

Escala de picor de Scoville

Al ser humano le gusta medir todo y para ello necesita unidades. Hemos llegado a tal punto que a Wilbur Scoville se le ocurrió medir el grado de pungencia o picor de un chile. La Escala Scoville es subjetiva, pero tiene su gracia medir el número de unidades scoville (SHU) de aquello que te llevas a la boca. El autor de «Regalo de Reyes» lo explica en un diálogo entre Germán y Laura, dos políticos que tenían una aventura. Aquí lo transcribimos. Atención a la frase que está en negrita, la traducimos a un lenguaje más cotidiano: hay chiles que pican tanto que para dejar de notar su picor hay que diluir un gramo en mil botellas de agua de un litro. Casi nada.

Laura Entrambasaguas contemplaba la infinita superficie del océano a través del mirador del restaurante. Al contrario que Germán, siempre había sido aficionada a las comidas exóticas, así que disfrutaba de lo lindo con aquel garudia de pescado, limón y arroz, sazonado con grandes dosis de curry. Su acompañante, por el contrario, iba tomando bocados tan pequeños como podía y remojándolos con tragos de vino, de agua y de cerveza, es decir, de cuantas bebidas encontraba a su alcance. Laura no podía evitar reírse cada vez que Germán abría la boca para calmar el picante.
–¿Pero cómo te puedes comer eso sin que te caigan chorros de sudor? –preguntaba extrañado Germán.
–Ya nos había avisado el camarero de que era un plato muy fuerte. Pero claro, tú has tenido que hacerte el gallito, como siempre…
–No había probado nada así en mi vida. Ni siquiera en Méjico.
–A mí me encanta todo lo picante. Ya sabes que eso es más de izquierdas. ¡Je, je!
–Vaya tontería.
–Por cierto, ¿has oído hablar alguna vez de la escala Scoville?
–No, ¿qué es, una ópera?
–¡Qué tonto! Es una forma de medir lo picantes que son las cosas.
–Pues este arroz debe de salirse de la escala –estimó Germán, terminando de un trago media copa de vino australiano, y añadió–. No tenía ni idea de que hubiera una manera de medirlo. ¿Cómo lo hacen? ¿Te ponen el chile en la lengua y cuentan los minutos que tardas en morirte?
–Algo parecido, pero menos cruel –dijo Laura, haciendo un gesto al camarero para que volviese a llenarles las copas.
–Bring me more water, please –suplicó Germán.
–Anda, bébete la mía. Si tampoco pica tanto. Esto debe de tener menos de diez mil scovilles.
–Bueno, explícame de una vez lo que es eso, cariño –dijo él, empezando su nueva copa de vino.
–Es una idea la mar de sencilla. Se disuelve la sustancia en agua, y mides cuántas veces tienes que disolverla para lograr que no se perciba el picor.
–¿Qué demonios quieres decir?
–Por ejemplo, tomas un gramo de un chile molido y lo echas en un litro de agua –explicó Laura, haciendo como que lo espolvorease en su propia copa–. Lo disuelves bien. Y si ya no notas el picor, pero lo habías notado cuando sólo habías echado novecientos noventa y nueve centímetros cúbicos de agua, entonces es que el chile tiene mil scovilles, o sea, hace falta diluirlo en mil veces su volumen con agua para que deje de picar.
–Fíjate lo que aprende uno –dijo Germán, sin mostrar excesivo interés.
–Se conocen variedades de chiles que tienen casi un millón de scollvilles. Eso significa que hay que diluir un gramo en un metro cúbico de agua antes de que se deje de notar el picor.
–Y lo utilizarán como instrumento de tortura, me imagino.
–Alguna vez tengo que probarlo.
–Yo te llevaré adonde quieras, y te invitaré a comer lo que te dé la gana, chatica, pero no me obligarás a compartir el suplicio contigo otra vez.
–Anda, so bobo, que no es para tanto –rió Laura dando buena cuenta de los últimos restos de pescado y arroz que quedaban en su plato.
–Yo no puedo ya con con lo mío. Me voy a pedir el postre más grande que tengan… ¡pero que no lo sirvan con curry, por favor!
–Exagerado.
Cuando terminaron de comer dieron un pequeño paseo por la sombra de las palmeras hasta otro extremo del hotel, en donde había una sala de descanso con revistas de todo el mundo y camareros siempre serviciales para llevar cafés, tes o licores. El rincón sólo estaba ocupado por una pareja mayor, de aspecto norteamericano, que no levantaron los ojos de sus periódicos cuando llegaron Laura y Germán.
Sorbiendo encantada su espectacular té con menta, mientras Germán tomaba un cubalibre con la esperanza de eliminar todos los restos de capsaicina pegados a su lengua, Laura tomó con su mano derecha la izquierda de él y la llevó hasta su propia mejilla.
–Vuelve a contarme el plan –pidió.
–¿Lo que te dije esta mañana? –preguntó Campohermoso; ella asintió ligeramente y él tomó un poco más de su bebida, notando el abundante hielo contra los labios y capturando un cubito para refrescarse el interior de la boca. Cuando terminó de tragar el hielo, tenía la lengua entumecida y no se le entendía muy bien–. Fo a dehá a poítiga.
–¿El qué? –preguntó Laura a carcajadas. Germán tomó de nuevo un trago de cubalibre para reavivarse la lengua.
–Que voy a dejar la política.

 

Jesús Zamora Bonilla es catedrático en la UNED y ha publicado varios ensayos. Desde 2007 mantiene el blog  A bordo del Otto Neurath. Puedes seguirlo en @jzamorabonilla. Tuve la suerte de ser alumno de doctorado de Jesús Zamora Bonilla, en la asignatura Sociología de la ciencia. Digo tuve la suerte porque no es común encontrarte un profesor que te enseña algo más que su propia asignatura. Me enseñó a ser cuidadoso en la investigación bibliográfica y ya es decir mucho (de hecho tiene un pequeño libro en Amazon al respecto, Historia y filosofía de la ciencia: una introducción bibliográfica). Y algo más que quizás él mismo ignore: un día me dijo que si quería escribir mejor tenía que hacer que terceras personas leyesen lo que escribía. Por aquel entonces el Profesor Zamora ya tenía su conocido blog A bordo del Otto Neurath y me alentó a que escribiese mi propia bitácora. Así que me decidí y el 8 de diciembre de 2007 escribía una penosa entrada sin pensar en que luego la cosa se me iría de las manos y mucha gente comenzaría a leer Ciencia en el XXI, que está a punto de cumplir seis años, aunque en otro alojamiento distinto donde empezó. A partir del blog surgieron todo tipo de proyectos, como alguno de mis libros. Se lo debo a mucha gente y, entre ellos, a Jesús Zamora Bonilla.

Mitos y realidades sobre Arquímedes

De entrada digo que voy a presentaros mi último libro, la biografía científica de Arquímedes, editado por RBA en la colección Grandes Ideas de la Ciencia. En el libro se presenta un Arquímedes que tal vez no conozcas, se habla de todas sus obras, de forma muy divulgativa. Se presenta el matemático, el físico, el ingeniero. Se habla de Arquímedes didáctico con joyas históricas como el Stomachion, se puede leer sobre el problema de los bueyes o sobre el cuchillo de zapatero, por citar solo algunos aspectos que quizás no conozcas. Arquímedes es mucho más que su principio y la ley de la palanca. Como este es un blog de ciencia y mucho escepticismo, nos gusta bastante acabar con ideas erróneas y errores conceptuales. Nos permitimos la libertad de compartir un decálogo ligeramente modificado que aparece en el libro, en un recuadro llamado Arquímedes: mitos y realidades.

1. «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Frase atribuida falsamente a Arquímedes, si hacemos referencia al sentido estricto de su significado, puesto que tenía conocimientos sobrados para probar que no era posible. El mismo tenía una concepción personal sobre la extensión del Universo, si hubiese hecho la cuenta le saldría una palanca más grande que el propio Universo. Otra cosa es que la dijera en sentido figurado. Para saber más tendrás que leer el libro. Aunque también se le puede dedicar una entrada.

2. «¡Eureka!, ¡eureka!». Expresion de alegría que supuestamente pronuncio al introducirse en un bano publico y descubrir el principio de la hidrostática. Es muy poco probable que la historia sea cierta en sus detalles, posiblemente Vitruvio la adorno literariamente. Antes del relato de Vitruvio no se tienen referencias.

3. La corona del rey Hierón II. Es muy probable que la anecdota de la corona sea cierta, aunque el modo de demostracion de la estafa de la corona sería mediante la combinacion del principio de la hidrostática y de la ley de la palanca, no simplemente rebosando agua de un recipiente. El último método habría sido un método muy burdo, para nada a la altura de Arquímedes.

4. El epitafio en la tumba. Es muy probable que sea cierto que Arquímedes pidiera que grabaran en su epitafio una esfera dentro de un cilindro. Ciceron encontro la tumba, ya dañaada pero no ha llegado a nuestros días.

5. «No molestes mis círculos». Se dice que dijo esta frase justo antes de morir, cuando un soldado borraba los dibujos que hacía en un arenario. La frase en sí puede ser una fantasía, pero su contexto no. Hay acuerdo entre los historiadores de que Arquímedes fue asesinado en su casa mientras trabajaba. Lo que no es seguro es que dijera esta ultima frase al soldado que acabo con su vida.

Edouard Vimont (1846-1930). Fuente: Wikipedia Commons

6. Tornillo de Arquímedes. Este dispositivo se conocía con seguridad antes de su nacimiento, sin embargo, es muy probable que lo mejorara de algun modo o le sacara más partido. En cualquier caso, no existe un solo documento de la mano de Arquímedes o de los historiadores que asegure que es suyo.

7. Planificó la defensa de Siracusa. Segun cuentan todas las cronicas serias de los historiadores, este hecho parece ser cierto. Y lo planificó muy pero que muy bien.

8. La garra de Arquímedes. Tambien es verdad que construyo una máquina que levantaba y destruía de algun modo los barcos, segun puede consultarse en las crónicas referentes a la defensa de Siracusa.

9. El rayo de calor. Es un mito con casi total seguridad, debido a las limitaciones tecnicas y a la ausencia de crónicas tempranas, como han demostrado varios grupos de investigadores en los últimos años.

10. Calculó en número π. El numero π no puede calcularse porque es un numero irracional y tiene infinitos decimales. Lo que sí es cierto es que encontró una aproximacion que se uso durante siglos y hoy se sigue usando: 3,14. Cada vez que escribas estos tres números, recuerda el nombre de Arquímedes.

 

La colección Grandes Ideas de la Ciencia, de RBA Coleccionables consta40 biografías científicas de los más grandes científicos que ha dado la historia de la humanidad. Tengo el honor de ser el autor del número 11, Arquímedes. La colección merece la pena en su totalidad, pero si alguien quiere adquirir mi libro puede hacerlo desde la misma página de RBA Colecciones o llamando por teléfono. Pero habría que esperar algo así como un par de meses a que el número en cuestión salga a la calle. Pero insisto, si te gusta la ciencia, la colección merece la pena. No es baladí el hecho de que la colección está dirigida por Manuel Lozano Leyva, que por cierto acaba de publicar su último libro, El fin de la ciencia. Abajo puedes ver una fotografía de algunos de los libros, una lista de los asesores y la lista de libros.

 

 

 

LIBROS COLECCIÓN

  1. Einstein. La teoría de la relatividad
  2. Newton. La ley de la gravedad
  3. Max Planck. La teoría cuántica
  4. Pitágoras. El teorema de Pitágoras
  5. Heisenberg. El principio de incertidumbre
  6. Galileo. El método científico
  7. Schrödinger. Las paradojas cuánticas
  8. Fermat. El teorema de Fermat
  9. Kepler. El movimiento planetario
10. Gauss. La teoría de números
11. Arquímedes. El principio de Arquímedes
12. Euclides. La geometría
13. Laplace. La mecánica celeste
14. Turing. La computación
15. Copérnico. El heliocentrismo
16. Feynman. La electrodinámica cuántica
17. Euler. El análisis matemático
18. Faraday. La inducción electromagnética
19. Gödel. Los teoremas de incompletitud
20. Marie Curie. Los nuevos elementos
21. Rutherford. El núcleo atómico
22. Boltzmann. La termodinámica estadística
23. Dalton. La teoría atómica
24. Fermi. La energía nuclear
25. Maxwell. La síntesis electromagnética
26. Bohr. El átomo cuántico
27. Leibniz. El cálculo diferencial
28. Hubble. La expansión del universo
29. Lavoisier. La química moderna
30. Edison. La electricidad industrial
31. Cantor. El infinito en matemáticas
32. Meitner. La fisión nuclear
33. Lord Kelvin. La termodinámica clásica
34. Von Neumann. La teoría de juegos
35. Dirac. La antimateria
36. Ampère. La electrodinámica clásica
37. Hooke. La ley de Hooke
38. Tesla. La corriente alterna
39. Huygens. La teoría ondulatoria de la luz
40. Hilbert. Las bases de la matemática