La olvidada segunda llegada a la Luna

Me llega una nota de prensa de LID Editorial con motivo de la segunda llegada del hombre a la Luna. Esta segunda llegada fue hace 50 años exactos, el 19 de noviembre de 1969. Me han parecido muy interesantes las curiosidades que comparte la nota de prensa y que pueden encontrarse el no menos curioso libro «Viaje a la Luna«, de Nacho Montero, Cristina Mosquera y Javier Reyero. El siguiente texto está copiado directamente de la nota de prensa, pues me parece una verdadera joya.

1. Un despegue tormentoso
Una fuerte borrasca se había apoderado de la costa este de Florida el 14 de noviembre de 1969. La NASA consideró que la adversa climatología no suponía un obstáculo y el Apolo 12 fue lanzado en plena tormenta, bajo una intensa lluvia y un cielo totalmente encapotado. Soportando el aguacero, Richard Nixon contemplaba el despegue junto a los miles de personas que se habían congregado en las inmediaciones de Cabo Cañaveral. Por primera vez, un presidente de los Estados Unidos asistía a un lanzamiento de la NASA. A los 36 segundos de iniciarse la ignición se produjo un destello brillante y una sacudida. El poderoso Saturno V que impulsaba al Apolo 12 para situarlo en órbita terrestre había sido alcanzado por un rayo. Tan solo 16 segundos después, cuando la nave ya atravesaba las espesas nubes, otro relámpago impactaba contra el gigantesco cohete de 110 metros de altura y 3.000 toneladas de peso. En la cabina del Apolo 12 las alarmas y luces de emergencia salpicaron todo el panel de instrumentos. La infraestructura eléctrica del módulo de mando se vino abajo. Los astronautas estaban desconcertados. Pero un joven controlador de vuelo de la NASA, John Aaron, consiguió restablecer los sistemas y la misión prosiguió sin más incidentes. El Apolo 12 siguió rumbo a su punto de destino en la Luna que, curiosamente, fue el Oceanus Procellarum, el Océano de las Tormentas, un vasto mar lunar donde protagonizaron uno de los alunizajes de mayor precisión de las expediciones Apolo para el que tuvieron como referencia visual a snowman, un grupo de cráteres que evoca la figura de un muñeco de nieve.

2. Una apuesta de 500 dólares
El comandante del Apolo 12, Pete Conrad, fue el tercer ser humano que pisó la Luna. Sus primeras palabras al posar su pie sobre la superficie de nuestro satélite no han tenido la misma transcendencia que las de Neil Armstrong y Buzz Aldrin pero también han pasado a la historia. Fueron una mezcla de sentido del humor, enlace con el mensaje de Armstrong y el deseo de… ¡ganar una apuesta! La prestigiosa periodista internacional de origen italiano Oriana Fallaci sostenía con vehemencia que la NASA imponía a los astronautas las frases que debían pronunciar al llegar a la Luna y Conrad se apresuró a desmentir esa opinión durante una conversación veraniega que ambos mantuvieron al borde de la piscina de la residencia del astronauta. Ante la incredulidad de la reportera, Conrad -que era un hombre espontáneo, provocador e imprevisible- concibió una idea tan original como intrépida.
– Vale, te lo demostraré – le dijo- Voy a componer en este mismo momento las palabras que diré al pisar la Luna.
– ¡Imposible! –atajó Fallaci-. Nunca te dejarán salirte con ésa.
– Nadie dirá nada. Ni siquiera lo sabrán hasta que esté sobre la Luna.
Y allí mismo, espoleado por su viva imaginación, Conrad concibió una frase tan informal que hizo reír a la periodista y que hacía referencia a su corta estatura en relación con la de Armstrong.
“Whoopie! Man, that may have been a small one for Neil, but that’s a long one for me”. (Hombre, ese pudo haber sido un pequeño paso para Neil, pero ha sido uno grande para mí)
– ¡Nunca podrás decir eso!
– Está bien. ¿Qué tal si apostamos 500 dólares?
… Y unos meses después Conrad apoyó firmemente las botas en el último peldaño de la escalera del módulo lunar del Apolo 12 y dio un salto hasta posarse en el suelo. Millones de testigos pudieron oír entonces las palabras que había pactado en secreto con Fallaci. En algún lugar del mundo ella debió de sonreír divertida al escuchar cómo aquel yanqui descarado le ganaba limpiamente los 500 dólares de una apuesta que, por cierto, nunca llegó a hacerse efectiva: Fallaci no pagó.

3. Las imágenes de TV que nunca pudimos ver
La tripulación del Apolo 12 transportó a la superficie de la Luna la primera cámara de televisión a color con la intención de proporcionar al mundo unas imágenes más nítidas y realistas de nuestro satélite que las fantasmales vistas que había ofrecido el Apolo 11. Por desgracia, nunca pudimos disfrutar de esa transmisión. Poco después de alunizar y mientras instalaba la cámara sobre un trípode Alan Bean dirigió accidentalmente la lente hacia el sol inutilizando el equipo de grabación y privándonos de la primera retransmisión televisiva a todo color del Programa Apolo, un fortuito error que el astronauta lamentó profundamente. Aunque no hubo imágenes de televisión de esta expedición, el Apolo 12 proporcionó cientos de fotografías tanto de superficie como orbitales que no sólo sirvieron para documentar el segundo aterrizaje lunar del hombre y las Actividades Extravehiculares (EVAs) sino también para identificar áreas científicas y contribuir a concretar experimentos a desarrollar en los siguientes viajes.

4. Un selfie en la Luna
Si Pete Conrad y Alan Bean hubieran conseguido capturar la fotografía que tenían planificada durante la misión Apolo 12 habrían captado el que podría considerarse como el primer selfie en la Luna. Para sorprender a los técnicos de la NASA, los dos astronautas habían decidido tomar una imagen de sí mismos junto a la sonda robótica Surveyor 3, que llevaba estacionada en nuestro satélite más de dos años y que ellos examinaron trayendo algunos de sus componentes de regreso a la Tierra. Conrad y Bean tenían previsto hacer una especie de selfie con un disparador automático que habían transportado de forma clandestina, pero no fueron capaces de encontrar el dispositivo dentro de la bolsa de herramientas hasta que ya era demasiado tarde para usarlo. Un enfadado Bean arrojó el artilugio tan lejos como pudo.

5. El broche de plata que se convirtió en una estrella
Los tripulantes de las misiones lunares de la NASA solían llevar consigo insignias, banderolas y otros pequeños objetos que tenían para ellos un alto valor sentimental. Algunos de estos artículos retornaron a la Tierra y otros permanecieron para siempre sobre el suelo selenita como, por ejemplo, el broche de plata de la NASA propiedad del piloto del módulo lunar del Apolo 12 Alan Bean. Este alfiler, que representaba a un cometa, era otorgado por la Agencia al concluir la formación como astronauta y Bean lo había lucido durante varios años prendido de la solapa. Como sabía que recibiría uno similar de oro tras su vuelo espacial le pareció una excelente idea depositarlo en nuestro satélite. Nada más alunizar, lo extrajo del bolsillo izquierdo de su traje presurizado y lo lanzó hacia un solitario cráter del Oceanus Procellarum: “Todavía puedo recordar cómo brilló al sol y luego desapareció en la distancia. Fue la única estrella que vi en el negro cielo. La luz solar era demasiado potente para poder observar a las demás»

6. Bailando en gravedad cero
Desde las primeras misiones Apolo la NASA permitió a los astronautas transportar en los viajes espaciales cintas de casete con compilaciones de música personales para que pudieran relajarse durante sus escasos ratos de ocio. La Agencia consideró que la música brindaba instantes de esparcimiento en las estresantes y complejas expediciones y trasladaba hasta las tripulaciones ecos de su hogar en la Tierra. Una muestra representativa de la transcendencia que adquirió la música para animar a los equipos espaciales la encontramos en el Apolo 12. El mayor hit de esa misión fue “Sugar, Sugar” de The Archies, un tema incluido en la colección pop de Alan Bean, quien atesoraba como un recuerdo imborrable los momentos en que los tres astronautas escuchaban la canción a máximo volumen y se dejaban atrapar por una cómica danza en gravedad cero. Con el Apolo 12 se retomó, además, una singular tradición musical de la NASA: despertar cada día a las tripulaciones con una canción. Desde las últimas misiones Gemini hasta el final de la era de los Transbordadores Espaciales la Agencia ha dado el Toque de Diana a los astronautas con una alarma matutina melódica, lo que se conoce como “Wake-Up Calls” y que a lo largo de casi medio siglo solo quedó interrumpida durante el vuelo del Apolo 11.

7. Atención… ¡¿Quién está pilotando el módulo lunar del Apolo 12?!
Ni más ni menos que el piloto del módulo lunar: Alan Bean. Aparentemente todo sería normal si no fuera por el hecho de que la tarea de pilotar los módulos lunares del programa Apolo correspondía al comandante de la misión; el piloto tan solo desarrollaba un trabajo similar al de un ingeniero de vuelo pero nunca se ponía a los mandos de la cápsula. Sin embargo, en el Apolo 12 Alan Bean tuvo la posibilidad de manejar el módulo lunar durante unos momentos, un hecho totalmente excepcional. Una vez finalizada su expedición sobre la Luna y ya de regreso al módulo de mando que les esperaba en órbita el comandante Conrad permitió a “Beano” -como le llamaba cariñosamente- gobernar la cabina mientras se encontraba fuera del alcance del seguimiento de telemetría del Centro de Control de la Misión de Houston. Durante unos instantes, un divertido Alan Bean maniobró la nave jugando con la orientación. Bean, que sentía una enorme admiración por Conrad, le agradeció siempre esta oportunidad.

8. La biblia viaja a la Luna
El capellán de la NASA John Maxwell Stout tenía una obsesión: llevar una Biblia a la Luna. E hizo su primer intento en el Apolo 12. Para cumplir su sueño, Stout había adquirido un ejemplar microfilmado de la edición 715 de la King James Bible, publicada por la editorial estadounidense World Publishing Company y miniaturizada por la National Cash Register Company (NCR) que había desarrollado un revolucionario método para la impresión de libros completos en un diminuto soporte fotográfico. Se trataba de una minúscula tarjeta de unos 40 x 40 milímetros, poco mayor que un sello postal, y con un peso inferior a un gramo, lo que la convertía en la Biblia más pequeña del mundo. En esas exiguas proporciones fue condensada una reproducción exacta de las 1.245 páginas y 773.746 palabras del texto original que se podían leer con facilidad utilizando un microscopio ordinario de como mínimo 100 aumentos. El reverendo Stout consiguió que el astronauta del Apolo 12 Alan Bean accediese a transportar la Biblia dentro de su bolsa de efectos personales. Sin embargo, debido a un error en el manifiesto de registro, las Sagradas Escrituras se colocaron en el módulo de mando y orbitaron 45 veces nuestro satélite pero nunca descendieron a su superficie. Stout decidió regalar a Alan Bean el microfilm, que formó parte de la colección personal de objetos espaciales del astronauta durante treinta y cinco años. Tras un nueva tentativa fallida en el Apolo 13, misión que fue abortada debido a la explosión de un tanque de oxígeno dos días después del despegue, la Biblia de John Stout llegó a la Luna en el Apolo 14 gracias a la colaboración del astronauta Edgar Mitchell.

9. Un artista en otro mundo
Hubo un hombre que tuvo la oportunidad de contemplar con sus propios ojos los desérticos paisajes lunares y representarlos en inspiradoras obras de arte. Fue el tripulante del Apolo 12 Alan Bean, la cuarta persona en caminar sobre la superficie de la Luna. Bean creó apasionadamente cientos de piezas artísticas que simbolizan el espíritu de las misiones Apolo y que transmiten lo que sintieron los astronautas de la NASA al viajar a la Luna, pasear por ella y regresar a salvo a casa. Su cotizado catálogo pictórico compone un archivo de un valor simbólico incalculable del prodigioso viaje del ser humano a la Luna narrado a través de las precisas y mágicas pinceladas de un artífice incomparable: el único pintor que había estado allí. Su obra recrea los albores de la exploración del cosmos ofreciendo una impagable herencia a las generaciones futuras: un registro iconográfico de un testigo presencial de los inicios de una búsqueda que nunca termina, nuestra búsqueda del camino hacia las estrellas. Como todos los grandes aventureros, traspasó las fronteras en casi todas las facetas de su vida, incluido su arte, que refleja el celo por el detalle del ingeniero aeronáutico, el respeto por lo ignoto del astronauta y la fantasía de un sensible artista.

10. El árbol de Conrad se tiñe de rojo en Navidad
En el Centro Espacial Johnson de la NASA existe una arboleda en memoria de los astronautas que ya han fallecido: el Astronaut Memorial Grove. Este santuario de imponentes robles se inauguró en 1986 para rendir honores, entre otros, a los astronautas que perecieron en el trágico accidente del Transbordador Espacial Challenger. Es un lugar contemplativo que invita a la reflexión tranquila sobre el legado de las personas que han contribuido a convertir en realidad el acariciado sueño de la Humanidad de embarcarse en la exploración espacial. En la época navideña, cuando cae el crepúsculo, todos los ejemplares de este bosque se iluminan con luces blancas excepto uno: el que rinde tributo al comandante del Apolo 12 Charles “Pete” Conrad. El árbol conmemorativo de Conrad destaca sobre los demás por ser el único que está decorado con bombillas rojas, un homenaje más para recordar a un hombre que siempre quiso ser especial y cuyo lema era: “Si no puedes ser bueno en algo, sé original”. Los astronautas rusos también mantienen vigente la tradición de plantar árboles jóvenes poco antes de iniciar sus expediciones. Cerca del Cosmódromo de Baikonur se delinea una avenida con árboles sembrados por todas las tripulaciones del programa espacial soviético. El ritual se inició en 1961 con Yuri Gagarin, el primer ser humano que viajó al espacio exterior. Muy poco después, Valentina Tereshkova, la primera mujer que orbitó nuestro planeta, también dejó el suyo para la posteridad. Hoy en día, los cosmonautas, los astronautas de la NASA y los de otras agencias espaciales plantan árboles allí cuando despegan desde la mítica plataforma de lanzamiento de Kazajistán en misiones internacionales.

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