Si no lo nombras, no existe: ¿educamos o mentimos?

Decimos que lo hacemos por ellos, pero la mayoría de los rodeos lingüísticos nacen de nuestro miedo a afrontar límites, frustraciones y conflictos. Y, si no enseñamos a nombrar el mundo, difícilmente podremos enseñar a vivir en él.

En la serie Animal aparece una escena que no es baladí. Una señora va con su hija porque Leslie, su cobaya, parece tener un embarazo psicológico. La madre procura convencer al veterinario de que, efectivamente, se ha quedado preñada como las perritas de compañía, «de cabeza». Pero precisamente eso es lo que tiene el veterinario, cabeza, así que se da cuenta de que está encinta de verdad. Y la verdad era que la cobaya de la peque había muerto. La madre, queriendo proteger a su hija del sufrimiento, compra otra cobaya y… le llegó con sorpresa uterina. ¿Qué hizo? Liar al veterinario para engañar a la niña, pero no salió bien. ¿Por qué? Porque la verdad reluce y la madre acaba siendo vista por la niña como —ahora sí— un animal sin escrúpulos. «El infierno está lleno de buenas voluntades o deseos», como diría San Bernardo de Claraval.

Hay un fenómeno curioso en la escuela contemporánea: la realidad sigue ahí, con su dosis de frustración, esfuerzo y límites, pero el lenguaje que usamos para describirla se ha vuelto tan blando que casi se disuelve. Suspender ya no es suspender, es “avanzar a un ritmo propio no alineado con los objetivos temporales”. Portarse mal deja de ser portarse mal y se convierte en “conducta creativa que redefinen las normas”. Dicho de otro modo, creatividad normativa selectiva: las que le gustan, las acata. Que un alumno no haga nada en todo el trimestre no implica vagancia, sino “implicación educativa en fase de latencia”. Todo suena suave, redondo, amortiguado. Como si el problema no fuera lo que pasa, sino cómo lo llamamos.

«Enamorao de la vida, aunque a veces duela», decía Camarón. Pero no, preferimos ser ciegos al dolor. Porque, detrás de todo, estamos nosotros, los adultos. Siempre .

Detrás de este cambio hay una idea muy concreta. Si nombramos la realidad de forma directa, el niño se rompe. Si le decimos “has suspendido”, su autoestima entra en colapso nuclear. Si escribimos “mal” o “muy mal” en un margen, desencadenamos un trauma imborrable. Ni nombrar el rotulador rojo, que nos recuerda que la letra con sangre entra; mejor el verde, que es esperanza. En este entorno algodonado inventamos una neolengua pedagógica donde casi nada es negativo, todo se reformula en tono neutro, preferiblemente largo y con gerundios. La palabra “fracaso” desaparece, sustituida por “proceso”. El “no” se camufla en perífrasis con aire técnico. Una mala nota deja de ser un dato para convertirse en una experiencia de aprendizaje resiliente. Y nos quedamos tan tranquilos.

Si no enseñamos a nombrar el mundo, difícilmente podremos enseñar a vivir en él.

El problema es que los niños no son tontos. Saben perfectamente cuándo algo ha ido mal, aunque lo envolvamos en celofán lingüístico. Perciben el gesto, el tono, las caras, el ambiente en casa cuando llegan las notas. El eufemismo no les protege, solo les confunde. A veces tienen suspenso, pero nadie se lo dice. Como cuando a la chica de Animal se le muere la cobaya, ella solo quería conocer la verdad, no que le maquillaran el dolor, le retrasaran el sufrimiento y la despojaran del derecho a crecer. Tienen un comportamiento insostenible en clase, pero en el informe leen que “están explorando los límites de su interacción social”. Es como intentar explicar un incendio diciendo que “el entorno ha experimentado una liberación energética inesperada”. Fuego hay, les quema igual, pero oficialmente no se pronuncia.

Esta alergia a nombrar lo que ocurre se vende como respeto emocional al menor, y es que estamos olvidando voces como las del juez Calatayud, quien lleva años profetizando esta distopía del lenguaje y la conducta. En teoría evitamos traumas, reducimos ansiedad y cuidamos la salud mental. En la práctica, evitamos el conflicto. No el conflicto del niño, el nuestro. Somos nosotros el problema. Porque decir “has suspendido” implica sostener la reacción del alumno, asumir su frustración y acompañarla. Decir “te has portado mal” exige marcar un límite, mantenerlo y arriesgarse a no caer bien. Resulta mucho más cómodo escribir una frase aséptica en el boletín y confiar en que los padres traduzcan. O en que no lo hagan y la conversación incómoda se posponga indefinidamente.

Todo sea por caer bien

El lenguaje, en teoría, debería ayudar a entender el mundo. En esta versión edulcorada de la pedagogía, sirve para desactivar el peso de las palabras sin tocar la realidad que las genera. El suspenso sigue contando para repetir curso, pero se llama de otra manera. La mala conducta sigue dificultando el aprendizaje de los demás, pero se envuelve en diagnóstico blando. Sale más barato cambiar el diccionario que cambiar la organización del aula, las ratios o el tiempo disponible para atender a cada uno. Es un truco de escapismo. Sí, así es, pues si lo nombramos distinto, parece un problema nuevo, más manejable, más moderno, más “del siglo XXI”.

Además, hay un mensaje soterrado que no suele decirse en voz alta… uf… hasta delicado. Si creemos que un niño se desmorona por leer una palabra clara, es porque, en el fondo, lo estamos considerando frágil, casi inútil para gestionar la frustración. Educadores del siglo XXI que no aplicamos con decisión el efecto Pigmalión. Lo tratamos como si su mente fuera un cristal a punto de hacerse añicos. Y, paradójicamente, cuanto más lo protegemos con palabras acolchadas, menos oportunidad tiene de entrenar aquello que supuestamente queremos fomentar. Es decir, la capacidad de tolerar el error, revisar lo que ha hecho, mejorar a partir de ahí.

La cosa se vuelve todavía más absurda cuando entra en escena la evaluación. Según la edad que tengas, puede o no sorprenderte esto: ya no existen las recuperaciones. Ahora las recuperaciones se llaman «oportunidades de mejora». Pero son lo mismo. No se puede decir que un alumno no sabe, así que encadenamos fórmulas: “necesita consolidar”, “está en proceso”, “aún no ha alcanzado los objetivos”, “requiere reforzar”. Ninguna de esas frases aclara lo que de verdad importa. Decirle esto es pasar la línea: qué no sabe, qué debería saber y qué va a pasar si no lo aprende. Es como ir al médico, preguntarle si el dolor es grave y recibir un informe que diga: “El paciente se encuentra en proceso de resignificación sensorial con margen de mejora”. Tranquilidad, cero. Información útil, menos todavía.

Sale más barato cambiar el diccionario que cambiar la organización del aula

Si has leído hasta aquí y no has sacado ya conclusiones apresuradas, estás en lector nivel dios. No hablamos aquí de lapidar a nadie.

Por supuesto, nadie propone volver a la humillación, los gritos o las frases crueles grabadas a fuego en la memoria. Nadie defiende escribir “inútil” en un cuaderno o colgar listas de suspensos en el pasillo. Eso no es llamar a las cosas por su nombre, es maltrato docente. Pero hemos saltado al otro extremo, ese en el que cualquier palabra directa se percibe como violencia simbólica. Se ha perdido el matiz entre ser claro y ser cruel. Y en ese hueco ha prosperado un tipo de discurso pedagógico que habla mucho de emociones, pero evita la emoción concreta que más se teme: la frustración.

A esto sumemos el tacto. No el táctico de la neolengua, sino el necesario, el de hablar con precisión y respeto cuando se trata de alumnado con adaptaciones, TDAH, TEA, dislexia o dificultades específicas de aprendizaje. Aquí el cuidado no es un capricho pedagógico, sino una obligación ética. No se trata de disfrazar la realidad, sino de nombrarla bien, con términos correctos y sin frivolizar. Porque en estos casos las palabras orientan apoyos, decisiones y derechos; no son un eufemismo para suavizar nada, sino la forma de garantizar que cada estudiante recibe exactamente lo que necesita sin ser reducido a una etiqueta ni a una caricatura.

Lo curioso es que, fuera de la burbuja escolar, el lenguaje sigue siendo bastante más directo. En una oposición se suspende o se aprueba. En una entrevista de trabajo te contratan o no. En un examen de conducir, o pasas o te vuelves a casa en autobús. Reducir la crudeza del mundo infantilizando el vocabulario escolar no lo hace menos duro, solo retrasa el choque. Cuando ese alumno salga del sistema, descubrirá que no hay informe emocional que traduzca “no has pasado el corte” como “tu itinerario vital abre nuevas oportunidades de crecimiento”.

En una oposición se suspende o se aprueba

Llamar a las cosas por su nombre no es un capricho nostálgico ni una cruzada contra la sensibilidad moderna. Es una cuestión de respeto intelectual. Si un niño ha suspendido, tiene derecho a saberlo con claridad y a entender por qué. Si se ha portado mal, tiene derecho a que alguien se lo diga y le explique qué límite ha cruzado. Si ha hecho algo bien, merece más que una frase genérica del tipo “buen trabajo”, merece saber qué es exactamente lo que ha funcionado. Lo contrario, eso sí, es tratarlo como si no fuera capaz de soportar la verdad en dosis razonables. Y esa mentira que le damos no es más que soma, como la droga de Un mundo feliz de Aldous Huxley, una dosis de bienestar artificial que no cura nada, solo adormece lo que debería despertar.

Quizá el problema real no sea el color del bolígrafo ni la fórmula exacta del boletín, sino el miedo adulto a incomodar. Mientras no abordemos ese miedo, seguiremos inventando expresiones cada vez más barrocas para esquivar lo evidente. Y los niños, desde su supuesta fragilidad, seguirán haciendo lo que llevan siglos haciendo: leer entre líneas, interpretar gestos, captar silencios. Ellos sí saben que las cosas tienen nombre. Somos nosotros los que tememos pronunciarlas.

Entretanto, parece que la partida del juego de la Educación no termina nunca. Siempre hay una novedad, un influencer que dice que todo lo que se hacía antes no vale de nada, que los docentes que llevan 30 años en el aula no saben. Existe la sensación de volver una y otra vez a la casilla de salida, en un terno retorno.

Algún día igual nos atrevemos a hacer el experimento más revolucionario de la pedagogía reciente... Decir la verdad, con palabras sencillas, sin gritos, sin adornos, sin informes de quince líneas para evitar un “no”. Quizá descubramos que los niños no se rompen. Lo mismo hasta aprenden.

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