Ayer, 6 de febrero, tuve de nuevo la oportunidad de pasar por la radio para hablar de ciencia cotidiana, de esa que no ocurre en laboratorios remotos sino en nuestros bolsillos, en nuestras rutinas y en esos pequeños silencios que casi nunca nos permitimos.
La intervención fue en el programa No son horas, dentro de mi sección “Sí son horas para la ciencia”, presentado por Gemma Ruiz, y se emitió el viernes 23 de enero. En esta ocasión, el tema giró en torno a algo tan simple como difícil: las pausas reales, las pausas sin móvil, esas desconexiones que no son un “digital detox” grandilocuente, sino un respiro breve dentro del día.
La conversación partía de una idea muy humana: el teléfono no necesita ni siquiera estar encendido para ocupar espacio mental. Basta con que esté cerca para que una parte del cerebro permanezca en guardia, esperando una vibración, una notificación, una posible pérdida. Por eso, desconectar no siempre es tan automático como parece. No se trata solo de apagar el dispositivo, sino de entender qué significa realmente descansar y cuándo una pausa se convierte en una forma de culpa o imposición.

El núcleo científico lo aportaba un estudio reciente que siguió durante dos semanas a 237 jóvenes adultos, registrando más de doce mil momentos concretos de su vida diaria. Lo interesante es que los beneficios aparecen sobre todo en lo inmediato: cuando alguien se desconecta más de lo habitual durante un par de horas, se siente un poco mejor, con más energía y más conexión social. Pero eso no implica que las personas que desconectan más vivan necesariamente mejor a largo plazo. La pausa funciona como ajuste fino, no como vitamina acumulativa.
Ahí apareció uno de los conceptos más sugerentes de toda la charla: el momento liminal. Liminal significa “umbral”, estar entre dos estados. Una desconexión digital puede ser eso: no cambia la tormenta, no resuelve la vida, pero crea un breve espacio intermedio, como pasar bajo un puente durante la lluvia. Durante unos segundos el ruido baja, el cuerpo lo nota, y ese pequeño silencio permite continuar. No es una revolución, pero sí un respiro real.
También comentamos que no toda desconexión vale lo mismo. Silenciar notificaciones o evitar cierto contenido no produce efectos tan claros como el gesto más simple y radical: alejar el dispositivo físicamente. Cuando el móvil deja de estar disponible, el bienestar mejora con más fuerza. Y, sobre todo, importa la autonomía: desconectar funciona mejor cuando es una decisión propia, no una obligación. En un mundo de disponibilidad constante, el bienestar no depende solo de apagar, sino de sentir que puedes hacerlo cuando lo necesitas.
Referencias
Gilbert, A., Klingelhoefer, J., & Meier, A. (2024). Disconnect to recharge: Well-being benefits of digital disconnection in daily life. Communication Research.
https://doi.org/10.1177/00936502241251932