Bertrand Russell, filósofo y Nobel de Literatura: “Una generación que no puede soportar el aburrimiento será una generación mediocre”

La psicología experimental revela que el tedio erosiona nuestra sensación de control y nos impulsa a actuar. En una sociedad que ha decidido eliminar cada segundo de silencio, esa urgencia quizá explique más de lo que creemos.

“A generation that cannot endure boredom will be a generation of little men…”. Así lo escribió Bertrand Russell en 1930. No hablaba de pantallas, ni de algoritmos, ni de vídeos de quince segundos. Pero podría haberlo hecho. Su advertencia era sencilla y devastadora: una generación incapaz de soportar el aburrimiento acaba empequeñecida, desconectada de los procesos lentos de la naturaleza, como flores cortadas en un jarrón.

Casi un siglo después, hemos decidido que el aburrimiento es un error del sistema. Algo que hay que eliminar. Si un niño se aburre, hay que estimularlo. Si un adolescente se inquieta, hay que entretenerlo. Si un adulto se queda en silencio más de veinte segundos, el pulgar acude en su rescate y abre una aplicación. La cultura contemporánea ha declarado la guerra al vacío.

Pero, ¿tenía razón Russell o era simplemente un filósofo nostálgico de tiempos más lentos?

La psicología experimental ha empezado a tomarse el aburrimiento muy en serio. Tres estudios relativamente recientes han analizado qué ocurre cuando las personas se enfrentan a situaciones deliberadamente aburridas. En uno de ellos, miles de participantes observaron durante cinco minutos un vídeo de una piedra. Nada más. Una piedra. Frente a esa experiencia, podían elegir actuar —ayudando o perjudicando a otra persona en un pequeño juego económico— o no hacer nada.

Fuente: ChatGPT

El resultado es incómodo para quienes creen que el aburrimiento nos convierte automáticamente en monstruos o en héroes. No se encontró un aumento claro de conducta antisocial ni prosocial. El aburrimiento, por sí solo, no volvió a nadie más cruel ni más generoso. No hubo hordas de sádicos emergiendo del tedio.

Lo interesante vino después.

El aburrimiento redujo de forma consistente tres cosas: la sensación de significado, la estimulación y, sobre todo, la sensación de control. Es decir, cuando nos aburrimos sentimos que lo que hacemos no tiene sentido, que no nos activa y que no decidimos nada importante. Y cuando disminuye esa sensación de control, aparece una urgencia por hacer algo —lo que sea— para recuperarla.

Da igual qué.

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La cuestión no es el tipo de acción, sino la urgencia por actuar.

Russell intuía algo parecido. Su preocupación no era que el aburrimiento fuera dañino, sino que la incapacidad de soportarlo nos empujaría a buscar estímulos constantes. Una generación incapaz de quedarse quieta termina dependiendo de la excitación permanente para sentirse viva. Y eso sí es empobrecedor.

Otro de los estudios analizados muestra que el aburrimiento surge cuando falta significado o cuando hay un desajuste entre nuestras capacidades y lo que hacemos. No es simple desgana. Es una señal. Una alarma interna que dice: aquí no estás implicado. Cambia algo.

Fuente: ChatGPT

El problema cultural aparece cuando confundimos la señal con la enfermedad.

En lugar de aprender a atravesar el aburrimiento, lo anestesiamos. Cada microinstante de vacío se rellena con scroll infinito. Cada espera se convierte en consumo. Cada silencio es sospechoso. Hemos construido un ecosistema en el que la mínima sensación de tedio se interpreta como fallo del entorno y no como ejercicio de tolerancia.

Y ahí está el giro.

El aburrimiento no genera mediocridad. Lo que genera mediocridad es no saber qué hacer con él.

Los experimentos muestran que cuando la sensación de falta de control es intensa, las personas actúan para recuperarla. Si solo hay opciones destructivas, algunos las tomarán. Si hay opciones constructivas, otros elegirán ayudar. El aburrimiento amplifica el contexto. No nos vuelve malos ni buenos; nos vuelve inquietos.

Una cultura que elimina toda posibilidad de aburrirse no está criando personas más creativas, sino más dependientes del estímulo. Una cultura que no entrena la tolerancia al vacío produce individuos que necesitan actuar para sentirse en control. Y esa necesidad permanente de acción es terreno fértil para la superficialidad.

Russell hablaba de “little men”, hombres pequeños. No se refería a estatura moral degradada, sino a una vida interior encogida, incapaz de sostener la lentitud, la repetición, el tiempo sin recompensa inmediata. Exactamente lo que hoy hemos decidido erradicar en nombre de la eficiencia y el entretenimiento.

Quizá el aburrimiento no sea el enemigo. Quizá sea una prueba. Un espacio incómodo donde se decide si reaccionamos compulsivamente o si aprendemos a soportar la ausencia de estímulo sin buscar anestesia digital.

Una generación que no puede soportar el aburrimiento no será mediocre porque se aburra, sino porque no sabrá esperar. Y una sociedad que no sabe esperar difícilmente puede profundizar en nada.

La piedra del experimento duraba cinco minutos. El scroll no termina nunca.

Ahí está la diferencia.

Y quizá también el problema.

Referencias

  • Müller-Boysen, T., Pirla, S., & Pfattheicher, S. (2025). On the relation between boredom and social behavior. Journal of Experimental Social Psychology.
  • Westgate, E. C., & Wilson, T. D. (2018). Boredom and the meaning and attentional components model.
  • Bench, S. W., & Lench, H. C. (2013). Boredom as a signal for change.

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