Esta semana he estado hablando con Marta Trillo, investigadora y divulgadora científica, a propósito de su libro Cómo decide tu cerebro (Pinolia, 2026). Marta tiene una manera muy particular de contar la neurociencia: no desde el laboratorio frío, sino desde escenas cotidianas, emocionales, reconocibles. Y en mitad de esa conversación apareció un tema que, a primera vista, parece menor… pero que en realidad toca algo central en nuestra época: el aburrimiento.
Vivimos en una sociedad que ha decidido declarar la guerra al aburrimiento. Cinco segundos de espera y ya estamos desbloqueando el móvil. Una reunión se alarga y buscamos una notificación, cualquier chispa de novedad. Si algo no nos estimula de inmediato, lo cambiamos. Pasamos página. Saltamos. Deslizamos.
Pero la ciencia no funciona así.
La buena ciencia necesita justo lo contrario. Necesita tiempo muerto. Necesita repetición. Necesita horas en las que, desde fuera, parece que no ocurre nada. Experimentos que no salen. Datos que no encajan. Observaciones lentas. Procesos largos.
La ciencia, en su esencia, es paciencia organizada.
Y aquí viene el giro interesante: muchas mujeres científicas trabajaron precisamente en ese espacio silencioso. En laboratorios sin foco mediático. En cálculos interminables. En tareas meticulosas que no daban titulares inmediatos. La cultura del espectáculo premia el impacto rápido, el resultado brillante, el descubrimiento instantáneo. Pero la investigación real suele ser lenta, acumulativa… y sí, a veces incluso aburrida.
Vivimos en una sociedad que ha decidido declarar la guerra al aburrimiento
No aburrida porque sea irrelevante, sino porque exige una virtud que hoy nos cuesta: sostener la atención sin recompensa inmediata.
Y, sin embargo, cuando nos aburrimos ocurre algo fascinante en el cerebro.
Cuando dejamos de bombardearlo con estímulos, se activa lo que los neurocientíficos llaman la red neuronal por defecto. Es un modo interno de funcionamiento en el que el cerebro empieza a hacer otra cosa: organiza recuerdos, conecta ideas dispersas, procesa emociones, construye sentido. Es el momento en el que, aparentemente, no hacemos nada… pero por dentro está ocurriendo mucho.
En cierto modo, el aburrimiento es un espacio fértil. Un umbral. Un silencio necesario para que aparezcan asociaciones nuevas, para que la mente respire, para que algo se reordene.
El problema no es el aburrimiento.
El problema es no saber soportarlo.
Y justo de eso —de cómo decide nuestro cerebro, de por qué buscamos estímulos constantes y de qué nos está haciendo esta hiperconexión permanente— habla el libro de Marta Trillo, una divulgadora que arrasa en redes sociales porque ha entendido algo esencial: que la neurociencia no trata solo de neuronas, sino de vida cotidiana. De deseo, de atención, de relaciones, de dopamina… y también de esos minutos incómodos en los que no pasa nada.
En mi sección Gente muy interesante, dentro de Gente de Andalucia (Canal Sur Radio) hemos tenido la oportunidad de hablar con Marta Trillo. Puedes oírlo aquí.

Tal vez lo que ha pasado desapercibido no es solo el trabajo de muchas mujeres, sino el propio tipo de trabajo que hicieron. La historia de la ciencia ha preferido narrar descubrimientos fulgurantes y nombres propios asociados a un instante brillante, cuando en realidad el conocimiento se construye en ese espacio silencioso de pruebas repetidas, cálculos interminables y horas sin aplausos. Muchas científicas habitaron precisamente ese territorio lento y poco vistoso, el mismo que hoy nos cuesta soportar porque no ofrece estímulos inmediatos. Al expulsar el aburrimiento de nuestras vidas también hemos aprendido a mirar menos ese tipo de esfuerzo. Y quizá por eso durante tanto tiempo no vimos a quienes lo sostuvieron. Porque las mujeres científicas no fueron una nota al pie de la historia: fueron, y siguen siendo, sus pilares silenciosos.