Lo científicos no dan crédito, porque si diesen crédito serían banqueros

Una reflexión sobre cómo el lenguaje mediático confunde incredulidad con método, por qué la ciencia no funciona a base de fe sino de pruebas acumuladas, y qué perdemos cuando convertimos el escepticismo en espectáculo.

Cada vez que un titular anuncia que “los científicos no dan crédito”, en algún laboratorio del mundo alguien levanta la vista del microscopio y se pregunta, con genuina perplejidad, cuándo exactamente le asignaron una sucursal bancaria. Porque, conviene aclararlo desde el principio, la ciencia no da crédito. No concede préstamos, no abre líneas de financiación emocional y, desde luego, no fía milagros a treinta días sin intereses.

Sin embargo, el titular persiste. Es resistente. Como el moho. Como las cucarachas en un holocausto nuclear. Como ciertas ideas que sobreviven a cualquier contraste con la realidad. “Los científicos no dan crédito” suele traducirse, en lenguaje menos literario, como “esto me parece muy fuerte y quiero que usted también se lleve las manos a la cabeza”. No informa. Sugiere estupor. Y el estupor vende.

El problema empieza cuando uno se toma en serio la palabra «crédito«. Porque crédito no significa sorpresa. Ni incredulidad teatral. Ni ojos como platos. Crédito viene del latín credĕre, que significa creer, confiar. Dar crédito es otorgar confianza, aceptar algo como válido sin exigir demasiadas garantías adicionales. Justo lo contrario de lo que hace la ciencia.

En un banco, en cambio, el crédito es otra cosa mucho menos filosófica y mucho más rentable. Crédito es confianza… con intereses. Es asumir que devolverás mañana lo que hoy no tienes, a cambio de una firma y una sonrisa ligeramente tensa. El banco te da crédito porque cree en tu solvencia futura, o al menos en tu capacidad de pagar si deja de creer. Es fe cuantificada en cuotas mensuales. Es confianza respaldada por cláusulas en letra pequeña. En ciencia, en cambio, no hay cuotas ni avalistas, si una hipótesis no paga con datos, se embarga sin contemplaciones.

Fuente: ChatGPT

La ciencia, por diseño, no confía. Desconfía. Y lo hace con método, con disciplina y con una elegancia que suele pasarse por alto. No porque sea cínica, sino porque ha aprendido —a base de errores memorables— que la realidad tiene tendencia a engañar a quien se fía demasiado de ella. Por eso, cuando un científico “no da crédito”, no está expresando asombro. Está trabajando. No leyendo titulares.

La ciencia, por diseño, no confía. Desconfía

Aquí aparece la confusión semántica central. En el lenguaje cotidiano, no dar crédito equivale a “no me lo puedo creer”. En ciencia, no dar crédito equivale a “no hay evidencia suficiente todavía”. No es una reacción emocional. Es una posición provisional, revisable y profundamente aburrida. Justamente por eso es fiable.

Si los científicos diesen crédito con la alegría con la que lo hacen algunos titulares, la ciencia habría quebrado hace siglos. Cada observación llamativa tendría su teoría definitiva. Cada resultado preliminar se convertiría en dogma. Cada coincidencia curiosa acabaría en camiseta divulgativa.

Fuente: ChatGPT

Pero la ciencia no funciona así. Funciona acumulando pruebas, descartando explicaciones alternativas y, sobre todo, aceptando que muchas ideas atractivas no sobreviven al contacto con los datos. La incredulidad no es un defecto del sistema. Es su mecanismo de seguridad.

Por eso, cuando aparece un resultado nuevo y sorprendente, la reacción científica no es “no doy crédito”, sino algo mucho menos épico: “vamos a ver si esto se repite”. Luego: “vamos a ver si alguien más lo obtiene”. Y finalmente: “vamos a ver si dentro de cinco años sigue en pie”. La emoción, si llega, lo hace tarde y con vergüenza.

Si los científicos diesen crédito con la alegría con la que lo hacen algunos titulares, la ciencia habría quebrado hace siglos.

El titular sensacionalista, en cambio, necesita fuegos artificiales inmediatos. Necesita científicos atónitos, leyes rotas y paradigmas temblando. Necesita la ficción de que el conocimiento avanza a golpe de revelación, cuando en realidad avanza a golpe de corrección.

Fuente: ChatGPT

El daño no es menor de lo que parece. Presentar a los científicos como personas que “no dan crédito” refuerza la idea de que la ciencia se basa en creencias, cuando precisamente se define por lo contrario. No se cree. Se acepta provisionalmente. No se confía. Se comprueba. No se da crédito. Se retira en cuanto deja de haber razones para mantenerlo.

Así que no, los científicos no dan crédito. No porque sean insensibles al asombro, sino porque saben que el asombro es un pésimo criterio epistemológico. El universo no está obligado a sorprendernos. Está obligado, como mucho, a ser coherente consigo mismo.

Si algún día ve un titular que diga “los científicos dan crédito”, entonces sí: preocúpese. Ese día habrán dejado de hacer ciencia. Y probablemente habrán empezado a venderla.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*