Hay quien dice que el ser humano moderno se ha separado de la naturaleza. Una frase comodín, muy útil para abrir charlas de domingo y cerrar debates de sobremesa. Pero quizá haya algo más inquietante detrás de la idea. No me refiero a abrazar árboles ni a recuperar el “instinto ancestral” que, sinceramente, si existió alguna vez lo perdimos más o menos cuando descubrimos el microondas. Hablo de algo mucho más cotidiano: la sospecha de que tanto asfalto y tanta pantalla nos están volviendo un poco peores pensando.
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Las consecuencias que tiene vivir lejos del mundo real y demasiado cerca del ruido que nos agota la mente.




