No me gusta el cambio.
No el grande, ni el pequeño, ni el inevitable. Me incomoda que algo que ayer funcionaba hoy funcione distinto, que una rutina se deslice unos milímetros fuera de sitio, que el mundo decida, sin consultarme, reorganizarse otra vez. Para muchas personas autistas, esta aversión no es una metáfora ni un rasgo de carácter. Es una necesidad estructural. El orden no es un capricho, es una forma de estabilidad mental. Y por eso la idea de que “todo cambia” nunca ha sido reconfortante. Siempre ha sonado más bien a amenaza.
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