¿Por qué no terminas de escribir tu libro? La falacia de planificación

Planificas tu libro como si el tiempo, la energía y la vida fueran estables. No lo son. Y ese error, más que la falta de disciplina, es lo que hace que no lo termines.

Hay una escena que se repite con una frecuencia incómoda y que rara vez se analiza con rigor. Alguien decide escribir un libro. No es una fantasía vaga ni un impulso pasajero, sino un proyecto que parece tener estructura, sentido y una cierta urgencia personal. Se abre un documento, se esbozan capítulos, se calcula un plazo —seis meses, un año siendo prudente— y durante un tiempo la sensación dominante es que todo encaja. Que es un objetivo realista. Incluso tienes el título.

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Lo científicos no dan crédito, porque si diesen crédito serían banqueros

Una reflexión sobre cómo el lenguaje mediático confunde incredulidad con método, por qué la ciencia no funciona a base de fe sino de pruebas acumuladas, y qué perdemos cuando convertimos el escepticismo en espectáculo.

Cada vez que un titular anuncia que “los científicos no dan crédito”, en algún laboratorio del mundo alguien levanta la vista del microscopio y se pregunta, con genuina perplejidad, cuándo exactamente le asignaron una sucursal bancaria. Porque, conviene aclararlo desde el principio, la ciencia no da crédito. No concede préstamos, no abre líneas de financiación emocional y, desde luego, no fía milagros a treinta días sin intereses.

Sin embargo, el titular persiste. Es resistente. Como el moho. Como las cucarachas en un holocausto nuclear. Como ciertas ideas que sobreviven a cualquier contraste con la realidad. “Los científicos no dan crédito” suele traducirse, en lenguaje menos literario, como “esto me parece muy fuerte y quiero que usted también se lleve las manos a la cabeza”. No informa. Sugiere estupor. Y el estupor vende.

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La ciencia necesita aburrimiento: el decisivo espacio silencioso donde trabajaron muchas mujeres olvidadas

En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una reflexión sobre el valor del tiempo lento, el aburrimiento creativo y ese trabajo silencioso donde tantas científicas han sostenido el progreso sin ocupar nunca el centro del relato.

Esta semana he estado hablando con Marta Trillo, investigadora y divulgadora científica, a propósito de su libro Cómo decide tu cerebro (Pinolia, 2026). Marta tiene una manera muy particular de contar la neurociencia: no desde el laboratorio frío, sino desde escenas cotidianas, emocionales, reconocibles. Y en mitad de esa conversación apareció un tema que, a primera vista, parece menor… pero que en realidad toca algo central en nuestra época: el aburrimiento.

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Dos horas sin móvil: el pequeño respiro que sí cambia el día (No son horas – Onda Cero)

Apagar el móvil un rato no transforma la vida de golpe, pero puede abrir un umbral breve de descanso real en medio del ruido cotidiano. En esta conversación en No son horas analizamos qué dice la ciencia sobre la desconexión digital: cuándo mejora el bienestar, por qué el estrés no desaparece automáticamente y cómo esos pequeños silencios elegidos pueden convertirse en un respiro auténtico para el cerebro.


Ayer, 6 de febrero, tuve de nuevo la oportunidad de pasar por la radio para hablar de ciencia cotidiana, de esa que no ocurre en laboratorios remotos sino en nuestros bolsillos, en nuestras rutinas y en esos pequeños silencios que casi nunca nos permitimos.

La intervención fue en el programa No son horas, dentro de mi sección “Sí son horas para la ciencia”, presentado por Gemma Ruiz, y se emitió el viernes 23 de enero. En esta ocasión, el tema giró en torno a algo tan simple como difícil: las pausas reales, las pausas sin móvil, esas desconexiones que no son un “digital detox” grandilocuente, sino un respiro breve dentro del día.

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Otra vez el motor imposible… pero este funciona

Un motor nanoscópico que usa el azar y la información para rozar el 100 % de eficiencia y obligar a reescribir el límite de Carnot.

Cada cierto tiempo aparece un iluminado que asegura haber inventado el movimiento perpetuo, un motor que «viola» las leyes de la termodinámica o, como mínimo, una tostadora que genera más energía de la que consume. Siempre hay uno. Lo fascinante es que, por alguna extraña razón —quizá alineación de chakras, quizá exceso de cafeína—, esos anuncios suelen venir acompañados de gráficos confusos, fórmulas autoeditadas en WordArt y una fe inquebrantable en que la ciencia oficial nos oculta algo.

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Un científico en el supermercado [Libro]

Los científicos, como el resto de personas, van a los supermercados, se relajan en la playa o van de copas con amigos. Incluso tienen abuelas que cuentan historias. Porque todos tenemos abuelas, o casi todos. Pero la abuela de José Manuel López Nicolás ha dotado a este gran divulgador científico de características únicas en el mundo de la comunicación. Y bien lo demuestra en su reciente libro «Un científico en el supermercado». No voy a hablar del contenido del libro, porque no me gusta destripar las obras. Solo indicaré algunos aspectos que me parecen novedosos, originales y únicos en el género en cuestión.

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Sandman, tócala otra vez [Charla con transcripción para personas con discapacidad auditiva]

Me he permitido realizar una transcripción aproximada de mi charla «Sandman, tócala otra vez», de Naukas Bilbao 2016. Digo aproximada porque incluyo algunos asuntos que pasé por alto. El texto está enfocado a que las personas con discapacidad auditiva puedan aprovechar la charla. Especialmente si son profesores, pues está muy orientadas a los docentes. Espero que sea de utilidad.

El enlace de la charla en EITB es: http://www.eitb.eus/es/divulgacion/naukas-bilbao/videos/detalle/4393064/eugenio-manuel-fernandez-aguilar/

Las diapositivas con el texto la encontramos en Slideshare.

Feliz día de aproximación a π

Hoy es 22 de julio, es decir, 22/7.

Se da la circunstancia de que 22/7 es una aproximación a π que se ha usado durante siglos y que hoy usamos muy a menudo sin pararnos a pensar en ella: 22/7≈3,14≈π. El número π es un número irracional, tiene infinitas cifras decimales, así que no es cierto que π sea 3,14. Sin embargo, 3,14 es un número que utilizamos de forma cotidiana, pues con dos decimales es suficiente. ¿Alguna vez te has parado a pensar a quién le tienes que dar las gracias?

¿A quién se debe esta aproximación? Pues parece que fue Arquímedes el primero en llegar a esta fracción, en su obra Sobre la medida del círculo. En este texto aparece más de una demostración, pero interesa una en la que encuentra que la razón del área de un círculo inscrito en un cuadrado (diámetro=lado) es aproximadamente igual a 11/14. Aunque puedes leerlo en Pesando el número π, no es difícil llegar a la conclusión de que al dividir las expresiones teóricas de las áreas obtendremos π/4. Igualando ambas cantidades (de forma aproximada) se obtiene el deseado π≈22/7. Por tanto, feliz día de aproximación a π.

 

Moviendo una cerilla la igualdad sigue siendo cierta. En realidad hay un fallo, donde dice "igual" debe decir "aproximadamente igual". Del libro «El omnipresente número π».

 

REFERENCIAS

«Arquímedes», FERNÁNDEZ, E. M., RBA (2012)

«El omnipresente número π», ZHÚKOV, A. V., URSS (2004)

Tesla y la conspiración de la luz [LIBRO]

En los últimos años se ha puesto muy de moda poner a Tesla (1856-1943) en un altar de bondad y genialidad y destronar a Edison (1847-1931) a la categoría de ladrón de ideas y de malvado capitalista. Ni uno ni lo otro. Ni primero fue tan santo ni el segundo tan malo maloso. Sin embargo, Miguel A. Delgado no cae bajo la tentación de esta tendencia en su entretenido libro «Tesla y la conspiración de la luz», editado por Destino. No voy a hacer aquí una reseña al uso, pues ya lo hacen Mulet y Villatoro, entre otros. Estoy interesado en realizar solo un par de comentarios.

 

 

En primer lugar, insisto en la idea de que el autor no ha caído en tópicos modernos. Utiliza personajes reales para construir una historia inventada. El libro es claramente de ciencia ficción, pero con el telón de fondo de una distopía, un mundo en el que las cosas funcionan bajo la misteriosa «Red». Contar más sería caer en un acceso espoileriano. Si te gustan estos mundos que no existen y la ciencia ficción, esta es tu novela. Aunque, en realidad, se pinta una sociedad muy parecida a la nuestra, una sociedad en que solo lo convencional y establecido es útil:

 

«- Oh sí. A mi amada esposa le parecía ridículo que un hombre hecho y derecho dedicara tiempo a escribir relatos de… ¿Cómo llamaba Gernsback a ese género, Tesla? ¡Ah, sí! Ciencia ficción. Tenía que hacerlo a escondidas, en mi propia casa. Y lo mismo ocurría con mis otras aficiones: durante años, mi interés por los autómatas se vio reducido a la construcción de algunas pianolas y unos pocos mecanismos, de los que ni siquiera podía disfrutar porque, según Ava, mi mujer, hacía un ruido insoportable».

 

El segundo comentario tiene que ver con una historia relacionada con mi amigo Dani Torregrosa, autor del magnífico blog «Ese punto azul pálido» y su hija Diana. Es muy posible que en el colegio te dijeran que la radio la inventó Marconi, pero como bien señala Dani en La radio la inventó Marconi, el Tribunal Supremo de EEUU le acabó dando la patente a Tesla por esta invención (1943). Mi opinión todavía es más general, la historia de la radio está llena de nombres que han aportado ideas, si nos referimos a una radio útil para las personas de la calle, vale, Tesla. El caso es que en su libro de texto aparecía este ejercicio, y ella, como buena disidente, contestó lo que aparece:

 

 

Esta historia pareció agradar a Miguel A. Delgado, un amante de las historias bien contadas. Así que dedicó unas palabras a modo de guiño en el capítulo 32 de «Tesla y la conspiración de la luz»:

 

«Diana Grosstower hacía siempre los deberes a la misma hora en que su padre se sentaba ante el televisor para ver las noticias de la noche. […] Para ella, lo único que importaba era el ejercicio que tenía ante sí, y cuyo enunciado decía: «Ordena los objetos y adivina el nombre del inventor». […] Los dibujos representaban, esta vez, distintos modelos de aparatos de radio, desde uno inmenso como el de casa del abuelo hasta otros pequeños como maletines. En este caso eran siete las letras: «M», «C», «A», «O», «N», «R» e «I»».

Evidentemente los guiños en los libros no deben machacarse al 100 %, así que aquí hay más cosas escondidas que dejo en el tintero. En cualquier caso, me parece interesante el asunto: ¿debemos enseñar a nuestros menores a dudar de lo que le contamos los adultos? Desde mi punto de vista, un rotundo sí. Estamos en la línea de la anterior cita, hacer lo que no es habitual produce «ruido», molestia. Dejemos que los niños armen jaleo y el futuro será diferente.