El prejuicio no es una desviación ocasional del pensamiento. Es una forma de pensamiento. Una forma rápida, económica y peligrosamente eficaz de reducir la complejidad del mundo cuando no tenemos tiempo —o ganas— de procesarlo.
Y aquí es donde empieza a parecerse demasiado a eso que en este espacio estamos llamando ruido desde «hace unos artículos».
Porque el prejuicio no es solo un error sobre los demás. Es una distorsión estructural que afecta a cómo percibimos, interpretamos y decidimos. No es un juicio equivocado que aparece al final del proceso. Es el proceso entero ya torcido desde el principio.
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