Tras las respuestas aparentemente establecidas de los manuales hay preguntas que siguen dividiendo a los físicos. Una gran encuesta permite recorrer esas fronteras y medir hasta dónde llega realmente el acuerdo.
En el límite entre la dispersión y el colapso, el espacio-tiempo adopta una geometría que se repite a distintas escalas. Un nuevo método permite estudiarla analíticamente.
La luz de 75 caídas de meteoritos permite reconstruir segundo a segundo un descenso marcado por la rotación, la fusión, las fracturas y una última ruptura antes del vuelo oscuro.
Una estrella puede acercarse peligrosamente a un agujero negro supermasivo, perder parte de su materia y regresar meses o años después. Las diferencias entre cada encuentro están revelando algo sobre su rotación y sobre la historia que la llevó hasta allí.
Una observación de ALMA permite reconstruir la geometría magnética alrededor de una protoestrella y poner a prueba una pieza esencial de los modelos de formación estelar.
Apenas 660 millones de años después del Big Bang, un objeto extremadamente rojo ya albergaba las condiciones que podrían explicar cómo crecieron algunos de los primeros agujeros negros.
Un magnetar con un campo magnético extremo ofrece una oportunidad excepcional para comprobar si el propio vacío puede modificar la propagación de la luz.
Una fuerza atractiva adicional entre partículas de materia oscura parece destinada a acelerar la formación de estructuras. Cuando se sigue toda la evolución cosmológica, el resultado cambia de manera sustancial.
Un seguimiento detallado de Swift J1727.8−1613 muestra que la alimentación de un agujero negro incluye discos cambiantes, chorros y vientos capaces de devolver al espacio una fracción considerable de la materia capturada.
Los agujeros negros primordiales siguen siendo hipotéticos, pero un nuevo trabajo plantea que algunos podrían desencadenar explosiones estelares capaces de revelar indirectamente su existencia y explicar parte de la evolución química de nuestra galaxia.