Dos bolas, unas pocas reglas y un recinto circular bastan para construir un sistema cuyo comportamiento cambia radicalmente a medida que avanza. ¿Hasta dónde pueden anticipar las matemáticas lo que terminará ocurriendo?
Los árboles combinan información sobre la gravedad con señales procedentes de la forma de su propio cuerpo. Un experimento con álamos permite ver cómo esa información acaba convertida en fuerzas capaces de corregir un tallo curvado.
El colapso glaciar de Nepal liberó decenas de millones de metros cúbicos de roca y hielo. Este simulador permite compararlos con la superficie de cualquier municipio español.
Una abeja hace vibrar la flor y miles de granos salen despedidos. La geometría de un diminuto poro determina buena parte de lo que sucede a continuación.
Ríos que reúnen agua y deltas que la dispersan parecen estructuras opuestas. Al medir su geometría aparece, sin embargo, el mismo exponente matemático.
La luz de 75 caídas de meteoritos permite reconstruir segundo a segundo un descenso marcado por la rotación, la fusión, las fracturas y una última ruptura antes del vuelo oscuro.
Una estrella puede acercarse peligrosamente a un agujero negro supermasivo, perder parte de su materia y regresar meses o años después. Las diferencias entre cada encuentro están revelando algo sobre su rotación y sobre la historia que la llevó hasta allí.
La conocida Tierra rodeada por dos abultamientos de agua ofrece una explicación memorable de las mareas. Un análisis de cientos de miles de puntos oceánicos permite comprobar hasta qué punto ese dibujo describe el océano real.
Una observación de ALMA permite reconstruir la geometría magnética alrededor de una protoestrella y poner a prueba una pieza esencial de los modelos de formación estelar.
Apenas 660 millones de años después del Big Bang, un objeto extremadamente rojo ya albergaba las condiciones que podrían explicar cómo crecieron algunos de los primeros agujeros negros.