El cerebro puede razonar sin lenguaje, según un estudio que reabre un viejo debate científico

El lenguaje permite describir una regla, defender una conclusión y transmitir razonamientos de gran complejidad. Esa capacidad ha favorecido una asociación que parece casi inevitable: si las palabras sirven para expresar el pensamiento, quizá también sean el material con el que pensamos. La semejanza formal refuerza esa impresión. Tanto las oraciones como los razonamientos pueden descomponerse en elementos menores y organizarse mediante relaciones jerárquicas.

La cuestión acompaña a la filosofía desde Aristóteles y ha pasado después a la lingüística, la psicología cognitiva y la neurociencia. El nuevo trabajo dirigido por Hope Kean y Evelina Fedorenko aborda el problema desde dos frentes complementarios: observa el cerebro de adultos sanos mientras resuelven tareas lógicas y estudia a dos personas con lesiones extensas en las regiones del lenguaje. Esa combinación permite preguntar por separado dónde ocurre el razonamiento y si la capacidad lingüística resulta imprescindible para llevarlo a cabo. 

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Dos formas de poner a prueba la lógica

El estudio distingue entre razonamiento inductivo y razonamiento deductivo. En el primero, una persona examina varios ejemplos e intenta descubrir la regla que los relaciona. Los participantes recibían listas de números de entrada y salida, como [5, 7] → [7, 5, 7], y debían averiguar qué transformación se había aplicado. Algunas reglas sumaban una cantidad a cada elemento; otras eliminaban repeticiones, seleccionaban ciertos números o alteraban su posición.

La deducción plantea una operación diferente. Aquí se parte de unas premisas y se evalúa si una conclusión se sigue necesariamente de ellas. En una de las pruebas, los voluntarios juzgaban silogismos construidos con fórmulas condicionales: «Si el bloque es grande, entonces no es amarillo». Los investigadores compararon inferencias relativamente directas, como el modus ponens, con otras más exigentes, como el modus tollensLa diferencia de dificultad permitía identificar las regiones cerebrales sensibles al esfuerzo deductivo, más allá de la simple lectura de las frases.

¿Qué son el modus ponens y el modus tollens?

El modus ponens es una de las formas más sencillas de razonamiento deductivo. Parte de una afirmación condicional —«si ocurre A, entonces ocurre B»— y, al comprobar que A es verdadera, concluye que B también debe serlo. Por ejemplo: «Si llueve, la calle se moja. Está lloviendo. Por tanto, la calle está mojada». Si las premisas son ciertas y el razonamiento está bien construido, la conclusión también lo será.

El modus tollens sigue una lógica distinta y suele resultar menos intuitivo. También comienza con una condición del tipo «si A, entonces B», pero en este caso se observa que B no se cumple. A partir de ahí se concluye que A tampoco puede haberse cumplido. Por ejemplo: «Si hubiera llovido, la calle estaría mojada. La calle no está mojada. Por tanto, no ha llovido». Aunque ambos son razonamientos válidos, el modus tollens exige manejar una relación lógica más compleja y suele requerir un mayor esfuerzo mental.

El trabajo incorporó además matrices de figuras geométricas. En estas pruebas había que detectar un elemento discordante o elegir la pieza que completaba una serie. El formato reduce al mínimo la dependencia de palabras y combina la búsqueda de reglas con la eliminación lógica de respuestas incompatibles. La investigación no trataba de demostrar que el lenguaje nunca interviene en una tarea lógica, puesto que una pregunta escrita debe ser comprendida antes de resolverse. El objetivo era averiguar si las operaciones que permiten encontrar la solución dependen de las representaciones lingüísticas. 

Las pruebas separaban distintas formas de razonamiento: descubrir reglas en listas numéricas, evaluar conclusiones deductivas y completar patrones geométricos. Fuente: Hope Kean et al. (Proceedings of the National Academy of Sciences, 2026).

La lógica deja una huella distinta en el cerebro

La resonancia magnética funcional ofreció el primer resultado relevante. Las áreas cerebrales especializadas en comprender y producir lenguaje respondieron con claridad cuando los participantes procesaban oraciones, tal como cabía esperar. Sin embargo, esas mismas regiones apenas aumentaron su actividad cuando crecía la dificultad de las tareas inductivas, deductivas o matriciales. En otras palabras, leer un silogismo activaba la red lingüística, pero resolver su estructura lógica parecía depender de otros sistemas.

El razonamiento inductivo y las matrices sí reclutaron con fuerza la llamada red de demanda múltiple, un conjunto de regiones frontales y parietales asociado al control cognitivo, la memoria de trabajo y la resolución de problemas exigentes. Esta red interviene en tareas muy diversas y suele aumentar su actividad a medida que crece el esfuerzo mental.

La deducción silogística produjo un patrón diferente. Su dificultad no generó una respuesta clara ni en la red lingüística ni en la red de demanda múltiple. Un análisis de todo el cerebro encontró actividad en otras zonas frontales y parietales, lo que apunta a una posible especialización adicional dentro del propio razonamiento. Inducir una regla y comprobar una consecuencia formal pueden parecer operaciones emparentadas, pero los datos sugieren que el cerebro no las resuelve necesariamente con el mismo circuito.

El hallazgo introduce un matiz importante. Hablar de «la región del razonamiento» sería tan simplificador como suponer que toda actividad mental compleja ocurre en las áreas del lenguaje. El estudio dibuja una arquitectura más distribuida, en la que distintas formas de inferencia recurren a recursos parcialmente separados. 

El pensamiento visual de Temple Grandin

La experiencia de Temple Grandin ofrece un ejemplo especialmente conocido de pensamiento poco dependiente de las palabras. Grandin, científica especializada en comportamiento animal y autista, ha explicado que su mente trabaja mediante imágenes concretas, semejantes a secuencias visuales que puede revisar, combinar y recorrer desde distintos puntos de vista. En Thinking in Pictures describió las palabras como una especie de segundo idioma frente a la inmediatez de esas representaciones mentales.

Esa forma de pensar desempeñó un papel relevante en su trabajo con ganado. Al observar una instalación desde la perspectiva del animal, Grandin reparaba en sombras, reflejos, movimientos o elementos colgantes que podían pasar inadvertidos para una persona y provocar miedo o resistencia. Su capacidad para ensayar visualmente el recorrido del animal le permitió detectar problemas y diseñar sistemas de manejo más atentos a su percepción y comportamiento.

El caso no demuestra que el razonamiento humano sea siempre visual ni que todas las personas autistas compartan ese estilo cognitivo. La propia Grandin ha insistido en la diversidad de perfiles mentales. Su testimonio sí recuerda algo relevante para el estudio: pensar puede consistir en manipular imágenes, relaciones y patrones antes de traducir el resultado a una frase.

Cuando faltan las palabras, permanece la regla

La segunda parte de la investigación aporta la prueba más directa. Los autores estudiaron a dos hombres, identificados como S. A. y G. S., cuyas lesiones habían afectado extensamente a la corteza perisilviana izquierda. Ambos presentaban una afasia grave, con dificultades muy marcadas para comprender y producir estructuras gramaticales. En varias evaluaciones sintácticas, su rendimiento se situaba cerca del nivel esperable por azar.

A pesar de ese deterioro lingüístico, los dos resolvieron la mayor parte de los problemas lógicos. En la tarea inductiva, S. A. descubrió 19 de las 25 reglas que llegó a completar, mientras que G. S. acertó 39 de 40. Sus resultados no se diferenciaron significativamente de los obtenidos por el grupo de control.

Las matrices geométricas ofrecieron una imagen similar. Los participantes resolvieron 25 y 26 problemas de un total de 30. Esas puntuaciones quedaron por encima de la media normativa correspondiente a su edad. En algunos casos podían mostrar mediante dibujos o gestos la regla que habían encontrado, aunque les resultara difícil formularla verbalmente.

Esta disociación tiene un peso especial porque las lesiones cerebrales no siempre respetan las fronteras funcionales. Un daño que afecta al lenguaje puede extenderse a regiones vecinas y perjudicar otras capacidades, creando una correlación engañosa entre afasia y deterioro intelectual. Encontrar razonamiento conservado ante una alteración lingüística tan grave permite separar ambas funciones con mayor claridad, aunque el número de casos sea muy reducido. 

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Pensar tampoco equivale a hablarse por dentro

Los resultados cuestionan la hipótesis de que el lenguaje natural actúe como soporte general del pensamiento lógico. Esto no convierte al lenguaje en un simple envoltorio. Las palabras permiten transmitir conceptos, conservar resultados intermedios, organizar información y aprender relaciones abstractas. También pueden facilitar una tarea al descargar parte del esfuerzo sobre símbolos externos, anotaciones o diagramas. Facilitar el razonamiento y constituir su formato interno son afirmaciones distintas.

El propio estudio deja abiertas varias cuestiones. Sus resultados se refieren al cerebro adulto y no aclaran hasta qué punto el lenguaje contribuye a aprender conceptos lógicos durante la infancia. Tampoco establecen qué clase de representación ocupa su lugar. Los autores consideran varias posibilidades: modelos mentales de carácter espacial, esquemas aprendidos, símbolos abstractos o una especie de lenguaje interno de programas y relaciones probabilísticas, diferente de las lenguas naturales.

También conviene contener el alcance clínico. Dos casos de afasia profunda no representan toda la diversidad de lesiones y trayectorias personales. Los investigadores reconocen además la necesidad de ampliar las pruebas deductivas no verbales y estudiar razonamientos ligados a contextos cotidianos. El trabajo proporciona una disociación muy informativa, aunque no autoriza a convertirla en una teoría completa sobre la naturaleza del pensamiento.

Su consecuencia más inmediata afecta a la forma de interpretar la afasia. Una persona que no encuentra las palabras, construye frases con dificultad o comprende mal una pregunta compleja puede conservar capacidades intelectuales que el lenguaje ya no permite mostrar. Confundir problemas de comunicación con pérdida general de inteligencia añade una barrera social al daño neurológico. La ausencia de una respuesta verbal fluida no revela por sí sola qué operaciones siguen ocurriendo en la mente.

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Un contraste sugerente con la inteligencia artificial

El estudio también ofrece un punto de comparación con los modelos de lenguaje actuales. Estos sistemas aprenden regularidades a partir de grandes cantidades de texto y pueden producir respuestas que parecen razonadas. En el cerebro humano adulto, en cambio, el procesamiento lingüístico y la inferencia lógica formal muestran una separación funcional considerable.

La comparación debe manejarse con cuidado. Los resultados no permiten concluir cómo razona un modelo artificial ni establecen que una arquitectura deba copiar la organización cerebral. Sí plantean una pregunta productiva: si lenguaje y lógica pueden separarse en humanos, el éxito verbal de una máquina tampoco basta para determinar qué mecanismos utiliza cuando resuelve un problema.

El viejo debate cambia así de terreno. Ya no se limita a decidir si pensamos mediante palabras, imágenes o símbolos. La tarea consiste en identificar qué formatos internos emplea el cerebro para cada clase de inferencia, cómo se comunican entre sí y qué papel cumple el lenguaje antes y después de la operación lógica. La investigación de Kean, Fedorenko y sus colaboradores acota la respuesta: las palabras pueden introducir el problema y comunicar la solución, mientras que el trabajo decisivo parece realizarse en otra parte.

Referencias

  • Hope Kean, Alexander Fung, Paris Jaggers, Jason Chen, Joshua S. Rule, Yael Benn, Joshua B. Tenenbaum, Steven T. Piantadosi, Rosemary A. Varley y Evelina Fedorenko, “Evidence from formal logical reasoning reveals that the language of thought is not natural language”, Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.2520095123

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