
Algunas de las imágenes más famosas usadas para explicar el cambio climático ayudaron a popularizar la ciencia… pero también introdujeron ideas engañosas que todavía persisten.
Hay conceptos científicos que terminan instalándose en el lenguaje cotidiano con una facilidad sorprendente. A veces ocurre porque describen bien una idea compleja. Otras, porque ofrecen una imagen mental tan potente que resulta difícil desprenderse de ella. En climatología sucede desde hace años con expresiones como “punto de no retorno”, “colapso climático” o la famosa “cinta transportadora oceánica”, una metáfora que presenta las corrientes marinas del planeta como si fueran una gigantesa banda mecánica moviendo calor alrededor del globo.
Ese tipo de imágenes cumple una función importante: permiten explicar fenómenos extremadamente complejos a públicos amplios y facilitan la comunicación entre disciplinas distintas. Pero también tienen un coste. Digamos que es el «lado oscuro de la divulgación». Cuando una metáfora se vuelve demasiado eficaz, puede terminar sustituyendo a la realidad que intentaba simplificar. Y eso, precisamente, es lo que analiza el físico climático Gerrit Lohmann en un artículo reciente publicado en Ocean-Land-Atmosphere Research, donde reflexiona sobre cómo algunas metáforas científicas ayudan a entender el clima… mientras otras acaban deformándolo.
La metáfora que convirtió el océano en una máquina
La idea de la “cinta transportadora oceánica” apareció a comienzos de los años noventa como una forma intuitiva de describir la circulación global de los océanos. La imagen era sencilla y extremadamente visual: corrientes superficiales y profundas moviendo agua, calor y carbono alrededor del planeta como si todo formara parte de un único mecanismo continuo.
La metáfora tuvo un enorme éxito porque permitía visualizar algo difícil de imaginar. También ayudó a conectar investigaciones distintas y a interpretar evidencias paleoclimáticas relacionadas con cambios bruscos del clima en el pasado. Según explica Lohmann, la idea actuó como una auténtica herramienta de pensamiento dentro de la propia ciencia. “Su éxito reside menos en su verdad literal que en su papel como dispositivo heurístico”, señala el artículo. Es decir, funcionó porque ayudaba a formular hipótesis y a organizar preguntas relevantes.
El problema es que el océano no funciona realmente como una cinta transportadora. La circulación oceánica depende de procesos tridimensionales enormemente complejos: formación de aguas profundas, diferencias de salinidad, vientos, remolinos, corrientes regionales o fenómenos ligados a la Antártida que la metáfora apenas representaba. Con el tiempo, los modelos climáticos fueron mostrando que aquella imagen simplificada dejaba fuera demasiados elementos importantes.

Aun así, la metáfora siguió viva en documentales, medios de comunicación y divulgación científica. Este es uno de los puntos centrales del paper: una imagen útil para introducir un concepto puede convertirse en un problema cuando el público termina interpretándola literalmente. La metáfora deja entonces de ser un puente hacia la comprensión y pasa a convertirse en una versión empobrecida de la realidad.
La propia circulación oceánica real era mucho más caótica y menos uniforme de lo que sugería la imagen. La llamada circulación termohalina depende de diferencias de temperatura y salinidad, pero también intervienen corrientes regionales, remolinos, vientos y procesos profundos que cambian según la zona del planeta. La metáfora triunfó porque convertía todo eso en una especie de mecanismo continuo y reconocible. El problema es que muchos acabaron interpretando esa simplificación visual como una descripción literal del océano.
Los “puntos de inflexión” y la idea del desastre instantáneo
Algo parecido ocurrió con otro concepto extremadamente popular en la comunicación climática: los “tipping points” o puntos de inflexión. La expresión se importó desde las ciencias sociales para describir situaciones donde pequeños cambios desencadenan transformaciones rápidas y difíciles de revertir.
En climatología, la idea resultó muy atractiva porque transmitía urgencia. La posibilidad de que ciertos sistemas terrestres crucen umbrales críticos encaja perfectamente en narrativas sobre riesgos abruptos e irreversibles. El deshielo de Groenlandia, el debilitamiento de corrientes oceánicas o la degradación de grandes bosques comenzaron a presentarse bajo esa lógica.
El problema, según Lohmann, es que muchas veces la metáfora terminó simplificando demasiado la evidencia científica real. Algunos procesos sí presentan umbrales relativamente claros, pero otros funcionan mediante cambios graduales que pueden extenderse durante siglos. Sin embargo, la imagen del “punto de no retorno” tiende a sugerir algo casi instantáneo: un límite invisible tras el cual todo colapsa de golpe.
Una metáfora científica puede ayudar a entender un fenómeno complejo… hasta que empieza a sustituirlo.
Esa forma de comunicar el riesgo climático puede generar efectos contraproducentes. El paper menciona que ciertos discursos acaban alimentando el fatalismo o la sensación de catástrofe inevitable. También pueden erosionar la confianza pública cuando los escenarios más dramáticos no se materializan con la rapidez esperada.
Lohmann cita además un problema especialmente delicado: la tendencia a interpretar objetivos políticos —como el límite de 1,5 ºC de calentamiento global— como si fueran un único umbral físico absoluto para todo el sistema climático. En realidad, la ciencia describe una situación mucho más compleja, con distintos procesos respondiendo de maneras diferentes y en escalas temporales muy variadas.
Las metáforas no solo explican la ciencia: también la moldean
Uno de los aspectos más interesantes del artículo es que no trata las metáforas únicamente como herramientas divulgativas. Lohmann sostiene que estas imágenes participan activamente en la construcción del conocimiento científico. Ayudan a formular preguntas, diseñar modelos y conectar campos distintos de investigación.
La “cinta transportadora oceánica”, por ejemplo, no fue solo una manera de explicar el océano al público. También influyó en campañas de medición y en el desarrollo de simulaciones climáticas. Las metáforas funcionan, en cierto sentido, como atajos conceptuales que permiten pensar fenómenos complejos antes de disponer de descripciones completas.
Eso explica por qué siguen siendo tan importantes incluso cuando son imperfectas. El autor no propone eliminarlas, sino utilizarlas con más cuidado y delimitando claramente hasta dónde funcionan. “Las metáforas deberían utilizarse como herramientas heurísticas y mantenerse ancladas en modelos y evidencias”, escribe.
La cuestión de fondo es especialmente relevante en una época donde gran parte del debate climático ocurre fuera del ámbito científico. Las metáforas facilitan titulares, campañas políticas y mensajes rápidos en redes sociales, pero también pueden introducir simplificaciones excesivas en temas donde la incertidumbre y los matices son fundamentales.
El paper plantea que una comunicación climática responsable debería combinar imágenes comprensibles con explicaciones claras sobre qué partes están sólidamente respaldadas por evidencia y cuáles siguen siendo inciertas. Porque el riesgo climático existe aunque no todo funcione como un mecanismo binario de “todo o nada”.

Pensar el clima sin convertirlo en una caricatura
La divulgación científica siempre se mueve en una tensión difícil: simplificar sin deformar. Toda explicación implica seleccionar, resumir y traducir ideas complejas a un lenguaje más accesible. El problema hace acto de presencia cuando la simplificación acaba sustituyendo al fenómeno real y genera una falsa sensación de comprensión.
En el caso del clima, esa tensión se vuelve especialmente delicada porque las metáforas no solo informan: también moldean decisiones políticas, percepción pública y emociones colectivas. Hablar del planeta como una máquina al borde del colapso puede movilizar atención, pero también puede transmitir una visión distorsionada de cómo funcionan realmente los sistemas climáticos.
La famosa ‘cinta transportadora oceánica’ nunca describió realmente cómo funciona el océano, aunque cambió la forma de pensar el clima.
En resumen, la ciencia necesita metáforas porque el lenguaje literal rara vez basta para describir fenómenos extremadamente complejos. Pero esas imágenes deberían entenderse como herramientas provisionales, no como representaciones exactas del mundo.
Al final, una buena metáfora científica no es la que parece más espectacular, sino la que ayuda a pensar mejor sin borrar la complejidad que intenta explicar.
El ruido de comprensión aparente
Llegados a este punto nos puede preocupar que no entendemos las cosas. No, no es ignorancia. Es peor: es la sensación de haber entendido. Este nuevo ruido que definimos aparece cuando una representación simplificada —una metáfora, un esquema, una etiqueta— funciona lo suficiente como para cerrar el problema antes de tiempo. No hace falta que sea correcta, basta con que sea manejable. El mecanismo es limpio, o eso parece. ¿Por qué? Pues porque se sustituye un sistema complejo por una versión operativa. Y la clave está en nuestra comodidad mental, pues esa versión reduce la fricción cognitiva y, en cuanto deja de incomodar, el cerebro da por terminado el trabajo. Lo que era un atajo provisional se convierte en explicación definitiva. A partir de ahí, no se profundiza, se repite hasta la saciedad. No se investiga, se ilustra.
La comprensión deja de ser un proceso y pasa a ser una sensación
El problema no se queda en la divulgación científica. Se extiende con facilidad a cualquier ámbito donde la complejidad resulte cara de sostener. En economía, modelos convertidos en eslóganes que simulan explicar dinámicas que apenas rozan. En política, conceptos como “polarización” o “relato” usados como comodines que sustituyen al análisis concreto. En tecnología, “algoritmo” tratado como una entidad con intención propia que evita pensar en estructuras, incentivos y diseño. En todos los casos ocurre lo mismo: la etiqueta estabiliza la incertidumbre y, al hacerlo, la oculta. El ruido de comprensión aparente parece que no bloquea el pensamiento, lo que hace es darlo por resuelto. Y ese es su problema, puesto que en vez de introducir un error de forma visible, elimina la necesidad de corregirlo. Porque pensamos que no existe.
Referencias
Gerrit Lohmann, Models and Metaphors for Interdisciplinarity and Communication in Earth System Science, Ocean-Land-Atmosphere Research (2026). DOI: https://doi.org/10.34133/olar.0140
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