¿Estamos criando niños demasiado frágiles? El ensayo que cuestiona la cultura de la sobreprotección

La ansiedad infantil, el rechazo escolar y las dificultades emocionales entre adolescentes llevan tiempo ocupando titulares y debates públicos (otra de las discusiones son los móviles, que la tratamos hace poco aquí). En paralelo, también ha cambiado profundamente la manera en que muchos padres entienden la crianza. La sensibilidad emocional, la validación constante de sentimientos y el intento de evitar experiencias negativas forman parte de un nuevo modelo educativo que se ha extendido con rapidez en buena parte del mundo occidental.

Un ensayo publicado recientemente en Aeon plantea ahora una pregunta que lleva tiempo siendo lo suficientemente incómoda como para no querer atender: ¿y si parte de esos problemas estuvieran relacionados precisamente con una cultura de la sobreprotección emocional? El texto no presenta un estudio experimental ni datos originales, pero sí reúne investigaciones previas, referencias psicológicas e interpretación cultural para defender una idea concreta: que evitar de forma sistemática el malestar cotidiano puede dificultar el desarrollo de la autonomía y la tolerancia a la frustración.

El auge de una crianza centrada en evitar el malestar

Los autores del ensayo describen un cambio profundo en la manera de entender la infancia. Frente a modelos educativos mucho más autoritarios del pasado, buena parte de la crianza contemporánea se apoya en conceptos como validación emocional, apego seguro, crianza consciente o “gentle parenting”. La intención de fondo es comprensible, reducir el sufrimiento innecesario y construir relaciones más sanas entre adultos y niños.

El problema, según argumentan, aparece cuando cualquier experiencia desagradable empieza a interpretarse como potencialmente dañina. El ensayo pone ejemplos cotidianos: niños que nunca tienen que esperar turnos, padres que intervienen inmediatamente en conflictos normales del recreo, o familias que reorganizan constantemente el entorno para eliminar cualquier pequeña frustración. La cuestión no sería un episodio aislado, sino la acumulación de decisiones orientadas siempre hacia el alivio inmediato.

El texto sostiene que esa lógica puede acabar debilitando habilidades fundamentales. Aprender a tolerar aburrimiento (muy necesario hoy), decepción, nervios o pequeñas tensiones sociales forma parte del desarrollo normal. Cuando esas experiencias desaparecen casi por completo, los niños tendrían menos oportunidades de practicar capacidades relacionadas con el autocontrol, la regulación emocional o la autonomía cotidiana.

Las “OCEs”: una nueva idea para interpretar la sobreprotección

Uno de los elementos centrales del ensayo es el concepto de Overprotective Childhood Experiences u OCEs, algo así como “experiencias infantiles sobreprotectoras”. La idea se plantea como contrapunto a las conocidas ACEs (Adverse Childhood Experiences), usadas desde hace años para describir experiencias traumáticas o dañinas en la infancia.

Las ACEs incluyen situaciones graves como violencia, abuso, negligencia o pérdida familiar. El ensayo no cuestiona en ningún momento la importancia de esos factores. Lo que propone es ampliar el foco para incluir otro tipo de riesgo más sutil: una infancia excesivamente amortiguada frente a cualquier forma de incomodidad cotidiana.

Eliminar todas las pequeñas frustraciones de la infancia puede terminar dificultando el aprendizaje de la autonomía.

Según los autores, muchas decisiones bienintencionadas podrían acabar generando el efecto contrario al buscado. Un niño al que siempre se le evita la frustración aprende también que el malestar debe eliminarse cuanto antes. Y eso puede favorecer dinámicas de evitación. El ensayo conecta esta idea con investigaciones psicológicas bastante conocidas sobre ansiedad, especialmente aquellas que muestran cómo la evitación tiende a reforzar el miedo.

El texto menciona programas terapéuticos basados en exposición gradual, utilizados en terapia cognitivo-conductual, donde se anima a padres y niños a enfrentarse progresivamente a situaciones incómodas en lugar de reorganizar el entorno para impedirlas. La lógica detrás de estas terapias es precisamente que la tolerancia emocional se desarrolla mediante práctica repetida.

De Freud a Instagram: cómo cambió la idea de “buena crianza”

Una de las partes más interesantes del ensayo es el recorrido histórico que hace sobre la evolución de las ideas psicológicas alrededor de la infancia. Los autores sitúan el origen de muchos planteamientos actuales en la expansión de la teoría del apego y en la popularización de ciertos modelos terapéuticos durante el siglo XX.

El texto pasa por Freud, Melanie Klein, John Bowlby o Donald Winnicott para explicar cómo fue creciendo la idea de que las primeras experiencias infantiles determinan profundamente la vida adulta. Con el tiempo, parte de esas teorías salieron del ámbito académico y acabaron integrándose en libros de crianza, redes sociales y discursos culturales muy extendidos.

El ensayo sostiene que ese proceso ha generado una especie de sensibilidad permanente hacia cualquier posible daño psicológico. La frontera entre experiencias traumáticas reales y frustraciones normales de la infancia se habría vuelto mucho más difusa. En ese contexto, conceptos como “trauma”, “seguridad emocional” o “espacios seguros” habrían ampliado enormemente su significado original.

Los autores consideran que muchos padres actuales actúan movidos más por miedo a dañar emocionalmente a sus hijos que por falta de implicación. De hecho, el texto insiste varias veces en que se trata habitualmente de familias muy preocupadas, informadas y comprometidas con el bienestar infantil. El problema aparecería cuando la reducción inmediata del malestar se convierte en el criterio dominante para tomar decisiones educativas.

Ansiedad, autonomía y el aprendizaje de tolerar la frustración

El ensayo dedica bastante espacio a una idea clásica de la psicología del desarrollo: la autonomía no aparece sola, sino que necesita entrenamiento gradual. Esperar, aburrirse, perder juegos, enfrentarse a discusiones menores o asumir pequeñas responsabilidades forman parte de ese proceso.

Los autores sostienen que ciertas dinámicas actuales pueden interferir en ese aprendizaje. Ponen como ejemplo situaciones donde los adultos negocian continuamente límites básicos con niños muy pequeños o adaptan el entorno para evitar cualquier resistencia emocional. A corto plazo eso reduce conflictos, pero el texto plantea que, a largo plazo, puede dificultar el desarrollo de herramientas psicológicas necesarias fuera del entorno familiar.

El ensayo plantea que cierta cultura terapéutica ha ampliado tanto la idea de daño emocional que la infancia cotidiana empieza a verse como un terreno lleno de riesgos.

La ansiedad escolar ocupa una parte importante del artículo. Según los autores, algunos casos seguirían un patrón repetido: pequeños ajustes para reducir estrés —días en casa, espacios separados, flexibilización constante— terminan convirtiéndose en una retirada progresiva de actividades sociales y académicas. La intención original es proteger al niño, pero el resultado puede ser un aumento de la dependencia y del aislamiento.

El ensayo también menciona otros factores que probablemente intervienen en este panorama: pantallas, redes sociales, pandemia, deterioro económico o cambios educativos. No presenta la sobreprotección como explicación única del malestar juvenil actual. Más bien intenta describir una tendencia cultural que, según los autores, ha recibido mucha menos atención pública que otros riesgos infantiles más visibles.

Una discusión cultural que va más allá de la psicología

Aunque el texto utiliza referencias psicológicas y menciona investigaciones reales, sigue siendo ante todo un ensayo cultural. Su interés está menos en demostrar una hipótesis cerrada que en abrir una discusión sobre cómo entendemos hoy la infancia, el cuidado y la vulnerabilidad emocional.

Eso también explica por qué el artículo ha generado bastante debate. Algunas de sus ideas conectan con críticas recientes a la llamada “cultura terapéutica” o al uso excesivamente amplio del concepto de trauma. Otras pueden resultar polémicas porque rozan temas muy sensibles relacionados con salud mental, educación y crianza.

La evitación reduce el malestar a corto plazo, pero también puede impedir que niños y adolescentes desarrollen tolerancia emocional.

El ensayo evita idealizar modelos educativos antiguos y reconoce explícitamente los daños de formas de crianza autoritarias o negligentes. Pero también plantea que la reacción contra esos modelos pudo haber empujado a parte de la sociedad hacia el extremo contrario. La pregunta que atraviesa todo el texto es sencilla de formular y difícil de responder: cuánto malestar cotidiano conviene evitar, y cuánto forma parte inevitable del aprendizaje de crecer.

Referencias

“Children need stress and discomfort in order to grow up”, Aeon Essays (2026).

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