¿Hablarías otra vez con alguien que ha muerto? La IA convierte esa posibilidad en un dilema real

La muerte siempre ha dejado objetos: cartas, fotografías, grabaciones, mensajes guardados en un móvil. Cada época ha tenido sus propias formas de conservar una presencia. La diferencia es que ahora esos restos ya no tienen por qué quedarse quietos. Con suficiente material digital, una inteligencia artificial puede reconstruir una voz, un estilo de escritura, una manera de responder. Puede hacer que alguien muerto vuelva a decir algo nuevo.

A esos sistemas se les llama thanabots: recreaciones digitales de personas fallecidas capaces de mantener una conversación. El término suena casi de ciencia ficción, pero la cuestión que plantea se mueve en una línea ética difícil de transitar. Cuando una tecnología permite hablar con quien ya no está, el problema deja de ser únicamente técnico. Entra en el terreno del duelo, del consentimiento, de la memoria y de la tentación de confundir una huella con una presencia… demasiados interrogantes abiertos.

La vida digital empieza a tener una vida póstuma

Los thanabots se construyen a partir del rastro digital de una persona: mensajes, audios, vídeos, fotografías, publicaciones o cualquier otro material capaz de alimentar un modelo de IA. El resultado puede ser un chatbot de texto, una voz sintética o incluso una interfaz audiovisual que responde como si esa persona siguiera al otro lado de la pantalla.

El atractivo emocional es evidente. Mucha gente conserva mensajes de voz de familiares fallecidos porque ahí no solo queda información: queda una cadencia, una forma de respirar, una manera de pronunciar una palabra. La IA convierte esos fragmentos en algo interactivo. Ya no se trata de escuchar una grabación, sino de recibir una respuesta.

El estudio publicado en AI & Society analiza esa zona ambigua donde tenemos miedo a mirar. Los autores revisan testimonios periodísticos de usuarios reales y entrevistas con usuarios potenciales para entender por qué estas tecnologías despiertan fascinación, rechazo, alivio o malestar. Su tesis principal es prudente: los thanabots no son buenos ni malos para el duelo por sí mismos. Todo depende de cómo se diseñen, de cómo se usen y de qué tipo de relación establezcan los usuarios con esa copia digital.

Una copia no necesita ser perfecta para conmovernos

Uno de los puntos más interesantes del artículo es que la fidelidad total quizá no sea lo decisivo. Una recreación digital puede fallar como copia completa de una persona y, aun así, afectar profundamente al usuario si reproduce algún rasgo cargado de valor emocional: una voz, una frase habitual, una mirada, una forma de bromear.

La inteligencia artificial puede conservar una voz o una forma de hablar, pero eso no significa que conserve a la persona

Los autores llaman a esto part-object, que podríamos traducir como «objeto parcial»: un detalle concreto que concentra una parte significativa del vínculo con la persona fallecida. No hace falta reconstruir una identidad entera para activar el recuerdo. A veces basta una palabra dicha con el tono adecuado.

Ese punto explica la ambivalencia de muchos testimonios. Hay usuarios que encuentran consuelo en una respuesta familiar y, al mismo tiempo, sienten inquietud al comprobar que aquello no es realmente la persona perdida. Una mujer citada en el estudio decía que el sistema tenía “la voz correcta” y “la cara correcta”, pero “el alma equivocada, o quizá ninguna alma”. La frase resume bien el desajuste: la tecnología puede acertar en la superficie y fracasar en lo esencial.

¿Nos está robando la IA nuestra opinión? El sesgo silencioso que se cuela en las redes
Artículo destacado

¿Nos está robando la IA nuestra opinión? El sesgo silencioso que se cuela en las redes

IA en redes sociales: un estudio muestra cómo asistentes de escritura y contexto pueden inclinar opiniones sin que apenas lo percibamos.

Ir al artículo

El duelo no es una conversación que pueda prolongarse sin límite

El riesgo no está solo en que la copia sea mala. También puede estar en que sea demasiado convincente, o en que llegue justo cuando la persona está más vulnerable. Si un thanabot permite repetir una y otra vez el contacto con alguien fallecido, puede convertirse en una ayuda temporal o en una forma de evitar la pérdida.

El verdadero dilema de los thanabots no es tecnológico, sino emocional: hasta qué punto ayudan a aceptar una pérdida o la prolongan indefinidamente.

El paper distingue dos modos de relación. En uno, el usuario utiliza el sistema para sostener una ilusión de continuidad: la persona muerta sigue ahí, disponible, accesible, casi domesticada por la interfaz. En otro, la interacción ayuda a tomar distancia, ordenar emociones y comprender qué representaba esa persona en la propia vida.

Esa diferencia es clave. El duelo no consiste en borrar al muerto ni en dejar de quererlo, sino en rehacer la relación con su ausencia. Una IA puede facilitar ese proceso si ayuda a pensar, recordar y despedirse de otro modo. Pero también puede bloquearlo si convierte la pérdida en una suscripción renovable.

Cuando el negocio entra en la intimidad del duelo

El aspecto más delicado viene cuando estos servicios se integran en modelos comerciales. Una empresa que cobra por mantener activa la conversación con un familiar fallecido tiene incentivos que no siempre coinciden con el bienestar del usuario. Cuanto más tiempo se use el sistema, más rentable será.

Por tanto, ¿quién decide cuándo una conversación con los muertos debe terminar? Si la plataforma está diseñada para aumentar el apego, enviar notificaciones, renovar planes o limitar mensajes según el pago, el duelo puede quedar atrapado en una lógica de consumo.

Los autores advierten el posible peligro de esta tensión. La industria de la “vida digital después de la muerte” tiende a vender continuidad, presencia y una especie de inmortalidad tecnológica. Pero el duelo necesita algo distinto: tiempo, contexto, apoyo humano y límites. Una tecnología pensada para retener usuarios puede chocar frontalmente con una experiencia que, en muchos casos, requiere aprender a soltar.

La pregunta no es solo si podemos hacerlo

El estudio propone algunas condiciones para que estas interacciones no se conviertan en una explotación emocional: diseños que recuerden al usuario que está ante una mediación tecnológica, redes familiares o sociales que acompañen el proceso, normas claras sobre consentimiento y una industria menos obsesionada con vender inmortalidad digital.

Una conversación con una copia digital puede aliviar el duelo, pero también convertir la ausencia en una dependencia.

La cuestión de fondo no es si la IA puede imitar a los muertos. Cada avance en síntesis de voz, vídeo generativo y modelos conversacionales hará que esa posibilidad sea más accesible. La pregunta importante es qué tipo de relación queremos permitir con esas copias y bajo qué límites.

Hablar de thanabots nos empuja a mirar la IA desde un lugar poco habitual. En este sentido dejamos atrás —para el usuario— la productividad, la automatización o el entretenimiento. Y lo hacemos desde una de las zonas más frágiles de la vida humana. La tecnología puede conservar voces, gestos y frases. Lo que no puede decidir por nosotros es qué significa despedirse.

Referencias

  • Joshua Hurtado Hurtado y Jason Glynos, “Thanabots, fantasy, and the ethics of mourning”, AI & Society (2026). DOI: https://doi.org/10.1007/s00146-026-03200-9

La ciencia que merece la pena, en tu correo

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.