El experimento que lleva la incertidumbre de Heisenberg hasta los límites del espacio y el tiempo

El principio de incertidumbre de Heisenberg ocupa un lugar singular en la física moderna. Establece que ciertas propiedades de una partícula, como su posición y su cantidad de movimiento, no pueden conocerse simultáneamente con una precisión arbitraria. Esta limitación no procede de la torpeza de los instrumentos ni de una perturbación accidental causada por el observador. Forma parte de la propia estructura matemática de la mecánica cuántica.

Casi un siglo después de su formulación, la física experimental puede seguir el movimiento de los electrones en escalas que Heisenberg apenas habría podido considerar accesibles. Un equipo internacional ha combinado pulsos de luz extremadamente breves con un microscopio capaz de distinguir átomos individuales. El objetivo era observar cómo cambia una función de onda electrónica mientras atraviesa una barrera por efecto túnel, atendiendo al mismo tiempo a su duración y a su extensión espacial.

Un microscopio que trabaja al ritmo de los electrones

Un microscopio de efecto túnel utiliza una punta metálica muy afilada, situada a una distancia mínima de una superficie. Aunque entre ambas quede un pequeño espacio vacío, los electrones pueden cruzarlo gracias al efecto túnel, un fenómeno cuántico que les permite atravesar una barrera energéticamente prohibida por la física clásica. La corriente resultante contiene información sobre la materia situada bajo la punta, hasta el punto de permitir la observación de átomos individuales.

El reto aparece al introducir el tiempo. Una imagen con resolución atómica muestra dónde se encuentra una estructura, pero no permite seguir procesos electrónicos que duran una fracción minúscula de un segundo. Para conseguirlo, los investigadores incorporaron dos pulsos de luz infrarroja cuyo retraso podía ajustarse con precisión de attosegundos. Un attosegundo equivale a una trillonésima de segundo, es decir, 10⁻¹⁸ segundos. En esa escala, incluso un femtosegundo resulta comparativamente largo.

Los dos pulsos actuaban sobre la unión formada por la punta y la superficie metálica. Al modificar su separación temporal y controlar la forma exacta del campo eléctrico, el equipo podía alterar la barrera de túnel y registrar la respuesta de los electrones. El sistema funcionaba como una cámara estroboscópica, aunque cada «fotograma» correspondía a una corriente diminuta. El experimento permitió identificar transferencias electrónicas de menos de un femtosegundo, demasiado rápidas para las técnicas habituales de microscopía ultrarrápida.

Dos pulsos infrarrojos controlados con precisión de attosegundos actúan sobre la unión entre la punta de un microscopio de efecto túnel y una superficie metálica. Cuando el campo cambia con suficiente rapidez, modifica la estructura espacial y temporal del paquete electrónico. Fuente: Simon Maier et al. (Nature Photonics, 2026).

El electrón no responde de manera instantánea

La imagen clásica de una partícula que sale de un punto, atraviesa un espacio y llega a otro resulta poco útil en este contexto. El electrón se describe mediante una función de onda, cuya distribución expresa las regiones donde puede manifestarse. Cuando cruza la barrera, esa distribución cambia tanto en el tiempo como en el espacio. Para reconstruir el proceso, los investigadores compararon las mediciones con simulaciones cuánticas de la unión entre la punta y la muestra.

Los cálculos reprodujeron con precisión la corriente observada y permitieron seguir la evolución temporal que el experimento no podía mostrar directamente. El pulso electrónico calculado tenía una duración de unos 988 attosegundos. Además, el máximo de la corriente aparecía aproximadamente medio femtosegundo después del máximo del campo eléctrico. El electrón, por tanto, no reaccionaba de forma inmediata al estímulo luminoso.

La duración del movimiento electrónico deja de ser una propiedad aislada cuando la medición alcanza la escala del attosegundo.

Ese retraso es importante porque revela un régimen intermedio de interacción entre la luz y la materia. Parte del proceso depende del campo eléctrico, que inclina la barrera, y otra parte implica la absorción de uno o varios fotones. Los electrones pueden ocupar transitoriamente estados de mayor energía, más extendidos en el espacio y con una barrera efectiva menor. Cuanto mayor es la contribución de esos estados excitados, más se retrasa y se ensancha el paquete de ondas.

La duración del proceso deja así de ser una característica aislada. La manera de confinar el electrón en un intervalo temporal muy breve modifica también su distribución espacial. Este vínculo no constituye una nueva relación de incertidumbre fundamental idéntica a la de Heisenberg. Es una correlación dinámica producida por el modo en que el electrón atraviesa una barrera sometida a un campo ultrarrápido.

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Cuando ganar tiempo significa perder espacio

Veamos cuál es el resultado que da sentido al experimento. Para precisar mejor el instante en que ocurre la transferencia, es necesario emplear campos más intensos y suministrar más energía. Esa energía facilita la participación de estados electrónicos excitados, cuyas funciones de onda ocupan una región mayor. Una localización temporal más estricta puede aumentar, por tanto, la extensión espacial del electrón.

La relación no adopta la forma universal del producto entre posición y cantidad de movimiento establecido por Heisenberg. Tiempo y posición tampoco forman en mecánica cuántica una pareja equivalente a esas dos magnitudes. El llamado «límite espacio-temporal» describe aquí una frontera experimental: el punto en que la rapidez necesaria para observar el movimiento electrónico comienza a transformar aquello que se intenta medir. La escala temporal del estímulo se aproxima a la escala de respuesta propia del electrón.

Cuanto más se estrecha el instante de la transferencia, mayor puede ser la región ocupada por el electrón.

El equipo midió este efecto variando la energía de los pulsos. Con la energía más alta, la corriente de túnel disminuía lentamente al separar la punta de la superficie, señal de una función de onda bastante extendida. Al reducir la intensidad, la longitud característica cayó desde unos 8,7 ångströms hasta 3,8 ångströms. Los investigadores encontraron así una región de equilibrio entre brevedad temporal y confinamiento espacial.

La prueba más directa llegó al situar un solo átomo de cobre sobre una superficie de plata. Los pulsos electrónicos seguían durando menos de un femtosegundo, pero permanecían localizados en una región lateral de unos seis ångströms. La corriente permitió distinguir el átomo individual. Era posible combinar resolución de attosegundos y resolución atómica sin que una anulase por completo a la otra.

La simulación sigue la redistribución de la carga electrónica durante el efecto túnel. El máximo de la corriente aparece unos 500 attosegundos después del máximo del campo y el paquete de ondas llega a ocupar el espacio entre la punta y la superficie. Fuente: Simon Maier et al. (Nature Photonics, 2026).

Una herramienta para observar la materia mientras cambia

La importancia del trabajo reside tanto en el resultado físico como en la técnica desarrollada. Unir microscopía de efecto túnel y ciencia de attosegundos permite examinar procesos electrónicos en su escala natural. La función de onda deja de aparecer como una distribución estática y puede estudiarse mientras se deforma, se retrasa y atraviesa una barrera.

Ese acceso resulta especialmente relevante para la formación y ruptura de enlaces químicos. Las reacciones dependen de reorganizaciones electrónicas que preceden al movimiento apreciable de los núcleos atómicos. Un pulso localizado en pocos ångströms y menos de un femtosegundo podría, en principio, depositar energía en una región concreta y en un instante controlado. La aspiración es intervenir en una reacción desde la escala del electrón, en lugar de calentar o iluminar el material de manera global.

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También existen posibles aplicaciones en dispositivos electrónicos y sistemas de información cuántica. Conviene mantener cautela: el experimento se realizó en condiciones de laboratorio muy controladas y no equivale a un componente comercial. Aun así, muestra que el movimiento electrónico puede medirse y manipularse mucho más cerca de sus límites naturales. La velocidad futura de la electrónica dependerá de comprender cómo responden las funciones de onda cuando el estímulo dura casi tan poco como ellas mismas.

El electrón responde con un pequeño retraso: incluso en la escala cuántica, el cambio necesita tiempo.

Heisenberg enseñó que la precisión tiene fronteras inscritas en la teoría cuántica. Este experimento añade otra dimensión al problema: al observar un electrón con una resolución extrema, espacio y tiempo pueden quedar enlazados por la propia dinámica de la medición. La frontera ya no es una abstracción matemática, sino un territorio que comienza a recorrerse átomo a átomo y attosegundo a attosegundo.

Referencias

  • S. Maier, R. Spachtholz, K. Glöckl, C. M. Bustamante, S. Lingl, M. Maczejka, J. Schön, A. Riedel, K. Richter, F. J. Giessibl, F. P. Bonafé, M. A. Huber, A. Rubio, J. Repp y R. Huber, “Tracking electrons at the space-time limit”, Nature Photonics (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s41566-026-01932-0

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