1.200 años después, conocemos el nombre del primer matemático maya con obra atribuida

Las matemáticas mayas suelen aparecer ante nosotros como una construcción colectiva y casi anónima. Conocemos sus calendarios, su sistema numérico posicional, el uso del cero y la precisión con la que siguieron diversos ciclos astronómicos. Sin embargo, resulta mucho más difícil distinguir a las personas que realizaron esos cálculos, corrigieron tablas, enseñaron a otros escribas o buscaron nuevas relaciones entre los movimientos del cielo.

Una pequeña estancia de Xultún, en el nordeste de Guatemala, ofrece una perspectiva poco habitual sobre ese trabajo intelectual. Sus paredes conservan retratos, fechas, anotaciones y operaciones trazadas sobre el enlucido, algunas tan breves que los investigadores las denominan microtextos. El conjunto se parece más a un espacio de trabajo que a un monumento destinado a exhibir resultados terminados: un lugar donde el conocimiento se ensayaba, se transmitía y quizá acababa trasladado a libros de corteza.

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Una habitación convertida en cuaderno de cálculo

La estancia pertenece a la estructura 10K-2, descubierta en 2010 y excavada entre ese año y 2012. En su interior aparecieron pinturas murales junto a unos 52 textos pintados o incisos, concentrados sobre todo en la pared oriental. Muchos registran fechas, intervalos y ciclos astronómicos. Son anotaciones funcionales, algo excepcional en la escritura maya del periodo clásico, más inclinada a conservar acontecimientos dinásticos, ceremonias y genealogías.

La distribución de los textos aporta información sobre la vida de aquella habitación. Algunas operaciones fueron trazadas encima de figuras anteriores; otras aparecen sobre pequeñas capas de cal aplicadas para disponer de una superficie nueva. En el mismo entorno se encontraron indicios relacionados con la fabricación de papel. Todo ello ha llevado a interpretar la cámara como un posible taller de códices y un lugar de formación para escribas especializados en calendarios y astronomía.

Su conservación era desigual. Las raíces, la humedad y la cercanía de los muros a la superficie habían borrado buena parte del pigmento. Para recuperar los signos, el equipo combinó dibujos realizados sobre el terreno, fotografía convencional, escaneado a alta resolución, imágenes infrarrojas y tratamiento digital. La lectura surgió de superponer distintas formas de mirar una inscripción apenas visible, hasta identificar once bloques glíficos agrupados bajo el nombre de Texto 19

Reconstrucción de la estructura 10K-2 de Xultún y localización del Texto 19 en la pared oriental de la cámara. Fuente: Franco D. Rossi et al. (Antiquity, 2026).

Seis ciclos dentro de una cuenta de 2.920 días

El Texto 19 registra cinco fechas separadas por intervalos precisos. La secuencia completa abarca 2.920 días, equivalentes a ocho años solares de 365 días y a cinco periodos sinódicos de Venus de 584 días. Es el menor intervalo en el que ambos ciclos vuelven a coincidir casi exactamente, una relación conocida y utilizada por los especialistas mayas.

La singularidad de la fórmula está en su organización interna. El autor distribuyó dentro de esos 2.920 días seis unidades temporales: periodos de 20, 260, 360, 365, 584 y 780 días. Estos valores corresponden a distintas unidades calendáricas y a ciclos asociados con Venus y Marte. Los componentes eran conocidos, pero la manera de relacionarlos no aparece en ningún otro texto maya identificado hasta ahora.

La cuenta avanza mediante intervalos de tamaño creciente: 20 días, 260 días, dos ciclos de Marte —1.560 días— y tres periodos de 360 días —1.080 días—, hasta completar los cinco ciclos de Venus. Los autores del estudio señalan que la sucesión de determinados multiplicadores recuerda a lo que hoy llamamos secuencia de Fibonacci, aunque advierten de que no puede afirmarse que los mayas reconocieran ese patrón como una estructura matemática independiente. La inscripción permite hablar de una elección deliberada y original, sin proyectar sobre ella categorías modernas que el texto no demuestra.

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«Así dice Sak Tahn Waax»

Los dos últimos bloques glíficos cambian por completo el alcance histórico de la inscripción. Después de la fórmula aparece la expresión cheheen, traducible como «así dice» o «así lo expresa», seguida de un nombre personal: Sak Tahn Waax, cuyo significado aproximado es «Zorro de pecho blanco».

La construcción vincula directamente el cálculo con una persona concreta. Sak Tahn Waax pudo haber compuesto y pintado la fórmula, aunque también cabe la posibilidad de que el escriba estuviera atribuyendo la operación a otro especialista. El paper mantiene abierta esa distinción. En ambos casos, el resultado es una atribución personal explícita de una obra matemática y astronómica, algo que no se conocía en el corpus de textos mayas del periodo clásico.

La fecha inicial reconstruida para la secuencia corresponde al 11 de noviembre del año 781 en el calendario gregoriano. Por tanto, Sak Tahn Waax trabajó, fue citado o dejó su nombre asociado a esa operación hace más de doce siglos. No estamos ante el primer matemático de la civilización maya, sino ante el primero de ese periodo al que podemos asociar un nombre y una obra específica.

Este matiz es esencial. Las sociedades mayas desarrollaron una extensa tradición cuantitativa mucho antes de esa inscripción y siguieron cultivándola después. Lo nuevo es la aparición de una autoría individual. Los nombres de artistas y escultores sí se habían identificado en vasijas y monumentos, pero los responsables de los cálculos calendáricos permanecían anónimos. El Texto 19 desplaza el foco desde el conocimiento abstracto hacia una de las personas que participó en su elaboración

Los dos glifos finales del Texto 19 contienen la expresión «así dice» y el nombre Sak Tahn Waax, «Zorro de pecho blanco». Fuente: Franco D. Rossi et al. (Antiquity, 2026).

La ciencia maya recupera una voz propia

La astronomía y el calendario ocupaban un lugar práctico en la organización política y religiosa maya. Las relaciones entre fechas y ciclos celestes podían intervenir en la dedicación de edificios, la erección de monumentos o la celebración de actos reales. Los resultados se exhibían públicamente, mientras que la mecánica de los cálculos quedaba reservada a especialistas que trabajaban lejos de la escena ceremonial.

La habitación de Xultún permite asomarse a ese espacio menos visible. Sus paredes conservan ensayos, abreviaturas, correcciones y combinaciones numéricas que recuerdan el proceso de elaboración anterior a una versión definitiva. La fórmula de Sak Tahn Waax parece incluso contener cierto componente de exploración: una manera personal de reorganizar ciclos conocidos y comprobar qué relaciones podían extraerse de ellos.

Pero hagamos una última reflexión. Es habitual asociar las tradiciones de Grecia, Mesopotamia, India o China con figuras individuales, mientras que la ciencia indígena americana se presenta con frecuencia como un logro colectivo sin autores reconocibles. La falta de nombres conservados no equivale a falta de pensamiento individual, creatividad o voluntad de reclamar una contribución propia.

Sak Tahn Waax entra ahora en esa historia con muy pocos datos biográficos, pero con una obra concreta. Queda una fórmula, una fecha aproximada y una declaración de autoría. Es suficiente para devolver identidad a una parte del trabajo científico maya y para recordar que, detrás de cada tabla astronómica, hubo personas observando, calculando, enseñando y tomando decisiones matemáticas.

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Referencias

  • Franco D. Rossi, David Stuart y Heather Hurst, “The identification and work of an eighth-century Maya mathematician”, Antiquity (2026). DOI: https://doi.org/10.15184/aqy.2026.10378

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