
La mayor parte del fondo oceánico se forma lejos de cualquier mirada, bajo kilómetros de agua y en regiones de acceso difícil. Allí, las placas tectónicas se separan a lo largo de una red de dorsales que recorre unos 65.000 kilómetros. El manto asciende, parte de sus materiales se funde por la disminución de la presión y el magma ocupa el espacio abierto entre las placas. Ese mecanismo renueva buena parte de la superficie terrestre, aunque casi siempre se reconstruye a partir de las huellas que deja.
Observarlo mientras ocurre plantea un problema técnico formidable. Los satélites permiten medir con gran precisión los movimientos continentales, pero sus señales no penetran en el océano. En el lecho marino hay que recurrir a sensores de presión, comunicaciones acústicas, hidrófonos y levantamientos batimétricos repetidos. La dificultad consiste en medir al mismo tiempo terremotos, desplazamientos horizontales, cambios de profundidad y actividad volcánica en una zona remota durante el tiempo suficiente para que suceda algo excepcional.
Un observatorio colocado en el lugar preciso
A finales de febrero de 2024, un equipo internacional instaló el observatorio OHA-GEODAMS en la dorsal del Índico Sudoriental, cerca de la isla de Ámsterdam y aproximadamente a 37 grados de latitud sur. La zona se encuentra entre Australia y la Antártida, en el extremo septentrional de la meseta volcánica de Saint Paul-Ámsterdam. Allí, las placas se separan a una velocidad media cercana a 63 milímetros por año, una cifra que describe bien la evolución geológica a largo plazo, pero dice poco sobre cómo se reparte el movimiento en periodos cortos.
El sistema combinaba cinco hidrófonos autónomos para localizar la actividad sísmica, quince balizas acústicas capaces de medir las distancias entre distintos puntos del fondo y un sensor de presión que registraba los movimientos verticales. También se realizaron mapas batimétricos antes y después del experimento. Nunca se habían utilizado de forma simultánea todas estas técnicas en un tramo activo de dorsal y en las fallas transformantes que lo delimitan. La instrumentación permitía seguir el proceso desde varios ángulos: escuchar los terremotos, medir la separación del terreno y detectar si el suelo ascendía o se hundía.
La expectativa era registrar el lento estiramiento que acumula tensión entre episodios de apertura. La oportunidad llegó apenas dos meses después de desplegar los equipos. El 26 de abril de 2024 comenzó un enjambre sísmico en el valle axial de la dorsal, justo donde el nuevo suelo oceánico incorpora material procedente del interior terrestre. Los instrumentos estaban encendidos, sincronizados y situados a pocos kilómetros del fenómeno. La geología, por una vez, encontró preparado al observador.

Dieciséis días de magma, fallas y hundimiento
La crisis empezó a las 19:56 UTC con varios pequeños terremotos, seguidos por un seísmo de magnitud 4,9. La actividad avanzó primero hacia el sureste y después cambió de dirección hacia el noroeste. Este desplazamiento de los focos sísmicos revelaba la propagación de diques: láminas de magma que se abren paso a través de las fracturas de la corteza. Su velocidad, entre dos y cuatro metros por segundo, fue mucho mayor que la registrada en otros episodios comparables.
Mientras el magma avanzaba, el sensor de presión detectó que el suelo del valle comenzaba a descender. En los primeros 40 minutos de la fase más intensa se hundió alrededor de 1,2 metros. Al cabo de seis días, la subsidencia alcanzaba los 4,2 metros, con un 83 % del descenso concentrado en las primeras dieciséis horas. El reservorio magmático situado bajo la dorsal se estaba vaciando, y el terreno superior cedía a medida que su contenido alimentaba los diques.
La expansión del fondo oceánico puede concentrar en unas horas el movimiento que las placas acumulan a lo largo de muchos años.
Las balizas acústicas registraron además cambios horizontales superiores al metro. Algunos puntos se alejaron hasta 1,30 metros, mientras que otros se acercaron unos 86 centímetros. Los modelos indican que el episodio combinó tres procesos: la despresurización de un depósito de magma, la apertura de un dique y el deslizamiento de una falla normal. En una de las reconstrucciones compatibles con las mediciones, la extensión total alcanzó 2,4 metros. Ese desplazamiento equivale a unos 38 años de separación media de las placas, comprimidos en un episodio de pocas horas.
La secuencia no terminó bajo tierra. El magma alcanzó el fondo oceánico y produjo entre 148 y 160 millones de metros cúbicos de lava en unos dieciséis días. Algunos depósitos superaron los 90 metros de espesor. Las interacciones entre la lava y el agua generaron miles de señales hidroacústicas breves, mientras el sensor registraba aumentos de temperatura cerca del lecho marino. La combinación de estas señales permitió reconstruir cuándo comenzó la erupción, cuánto duró y qué zonas recibieron los mayores volúmenes de lava.
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La velocidad anual de una dorsal puede sugerir un movimiento pausado y regular, comparable al crecimiento de una uña. Esa media oculta una dinámica mucho menos uniforme. La tensión se acumula durante largos intervalos y se libera en episodios breves de intrusión magmática, terremotos y desplazamientos del terreno. Los autores denominan a estas crisis «eventos cuánticos» de expansión oceánica: unidades discretas mediante las que la corteza incorpora buena parte de la deformación acumulada.
El episodio de 2024 muestra con especial claridad esa naturaleza discontinua. Una fracción considerable de la separación correspondiente a varios años se produjo casi de golpe. El magma abrió espacio dentro de la corteza, el suelo se hundió sobre el depósito que se vaciaba y las fallas laterales absorbieron parte del movimiento. La creación de corteza oceánica aparece así como un proceso coordinado entre actividad volcánica y deformación tectónica, con cada componente modificando el comportamiento de los demás.
Una dorsal puede deformarse mucho más de lo que permiten deducir sus terremotos.
La propagación del dique también alteró los esfuerzos en las fallas transformantes de Boomerang y Ámsterdam, situadas en los extremos del segmento. Poco después del avance del magma se registraron terremotos en ambas, incluido uno de magnitud 5,9. Los cálculos de transferencia de esfuerzos respaldan una conexión causal: la intrusión magmática habría contribuido a activar fallas cercanas, extendiendo la crisis más allá del eje de la dorsal.
Este encadenamiento obliga a abandonar la imagen de una grieta aislada que se rellena de lava. El nuevo fondo oceánico resulta de una interacción entre reservorios, diques, fallas normales y fallas transformantes. Cada elemento responde a los cambios mecánicos de los otros y deja una señal distinta en los instrumentos. La importancia del observatorio reside precisamente en haber registrado esas señales dentro de una misma secuencia temporal, en lugar de reconstruirlas a partir de mediciones dispersas.

El movimiento que los terremotos no explicaban
Uno de los resultados más relevantes afecta al papel de las fallas normales que bordean los valles de las dorsales. Estas estructuras acumulan grandes desplazamientos geológicos, aunque liberan menos energía sísmica de la que cabría esperar. Esa discrepancia se conoce como déficit sísmico. Los datos de OHA-GEODAMS ofrecen una explicación directa: buena parte del deslizamiento pudo producirse de manera asísmica, sin generar terremotos suficientemente intensos para ser detectados por las redes convencionales.
Los modelos compatibles con las mediciones estiman que alrededor del 76 % del momento asociado al movimiento de la falla fue asísmico, frente a un 24 % liberado mediante terremotos. El magma habría favorecido un desplazamiento relativamente silencioso de la estructura mientras avanzaba por la corteza. Una dorsal puede deformarse mucho más de lo que indica su catálogo sísmico. El estudio convierte esa posibilidad, planteada desde hace tiempo, en una observación respaldada por movimientos medidos directamente en el fondo del mar.
La nueva corteza surgió de una secuencia coordinada de magma, fallas, hundimiento y lava submarina.
El valor del trabajo supera la descripción de una erupción submarina. Por primera vez se dispone de una secuencia integrada que enlaza la migración de los terremotos, la apertura de diques, el vaciado del depósito magmático, el hundimiento del valle, el movimiento lateral de las fallas y la acumulación de nuevas lavas. La radiografía es completa porque relaciona los cambios internos con la transformación visible del relieve oceánico.
Los autores reconocen que tuvieron la fortuna de registrar el fenómeno solo dos meses después de instalar el observatorio. Sin embargo, la suerte explica únicamente el momento. La calidad del resultado depende de una red concebida para medir procesos que suelen pasar inadvertidos. En una región sumergida y remota, cada presión registrada, cada pulso acústico y cada cambio de distancia terminó formando parte de la anatomía de un nuevo fragmento de corteza.
Referencias
- Jean-Yves Royer et al., “Anatomy of a seafloor spreading event captured by in situ seismogeodesy”, Nature (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s41586-026-10785-0
