
El orden de nacimiento ha dado pie a toda clase de teorías sobre la personalidad, la inteligencia o las relaciones familiares. El primogénito responsable, el hermano pequeño más rebelde, el hijo que recibe más atención de sus padres… Algunas de esas ideas han llegado a estudiarse científicamente, aunque separar el efecto real de ocupar una determinada posición entre los hermanos de todo lo que cambia con cada nacimiento resulta complicado. Los padres tienen otra edad, la familia atraviesa otro momento y cada hijo crece bajo unas condiciones que nunca son exactamente iguales.
En medicina existe además una pista conocida desde hace tiempo. Algunos estudios han relacionado el orden de nacimiento con las alergias y otras condiciones concretas, mientras que distintas investigaciones han explorado posibles asociaciones con el desarrollo neurológico o la salud mental. El problema es que estudiar cada diagnóstico por separado impide saber si estamos ante casos aislados o ante un patrón más amplio. Benjamin Kramer, Steven A. Kushner y Andrey Rzhetsky han cambiado la escala de la pregunta utilizando millones de historiales sanitarios y centenares de diagnósticos para observar el panorama completo.
Diez millones de personas y dos maneras de compararlas
El estudio parte de la base de datos estadounidense Merative MarketScan, que reúne registros de seguros médicos. Los investigadores identificaron 5.135.006 familias con dos hijos, equivalentes a 10.270.012 personas, y analizaron 569 condiciones clínicas definidas mediante códigos diagnósticos. La enorme muestra permite detectar diferencias pequeñas que resultarían difíciles de apreciar en estudios convencionales, aunque el tamaño por sí solo no resuelve el principal problema: distinguir el efecto asociado al orden de nacimiento de otras características familiares.
Para afrontarlo utilizaron dos estrategias. En la primera emparejaron a primogénitos de unas familias con segundos hijos de otras teniendo en cuenta variables como sexo, año de nacimiento, grado de urbanización, tiempo de seguimiento, edad de los padres y diferencia de edad entre hermanos. El resultado fueron 1.616.881 parejas comparables, sobre las que realizaron el análisis principal. Los investigadores aplicaron además ajustes adicionales y pruebas de robustez para comprobar hasta qué punto los resultados dependían de esas decisiones estadísticas.
La segunda estrategia es especialmente valiosa: comparar directamente al primer y al segundo hijo dentro de una misma familia. Los hermanos comparten buena parte de su genética, nivel socioeconómico, entorno geográfico y hábitos familiares, de manera que esta comparación reduce muchas posibles variables de confusión. Aun así, tampoco las elimina todas. Los padres tienen necesariamente edades distintas cuando nace cada hijo y los hermanos pueden haber vivido bajo diferentes criterios diagnósticos o periodos históricos. Los propios autores insisten en estas limitaciones.
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Ir al artículoUn patrón que aparece en 150 diagnósticos
Al analizar las 418 condiciones que disponían de suficientes casos para la comparación principal, los investigadores encontraron 150 asociaciones que superaban la corrección estadística de Bonferroni, utilizada para reducir la posibilidad de obtener falsos positivos cuando se realizan centenares de comparaciones. Aquí está una de las claves del trabajo: la señal asociada al orden de nacimiento aparece distribuida por numerosos ámbitos clínicos.
De las 418 condiciones con suficientes casos para el análisis principal, 150 mostraron una asociación estadísticamente significativa con el orden de nacimiento tras aplicar la corrección de Bonferroni. Eso no significa que los primogénitos tengan, en conjunto, peor salud que sus hermanos pequeños. De hecho, las asociaciones se repartieron casi por igual: 79 indicaban mayor riesgo en primogénitos y 71 en segundos hijos, una diferencia que no fue estadísticamente significativa. La señal interesante aparece al observar qué tipos de diagnósticos se acumulan a cada lado. Entre los primogénitos se concentraron varios trastornos neuropsiquiátricos y del neurodesarrollo, además de condiciones alérgicas y dermatológicas; entre los segundos hijos destacaron determinadas afecciones digestivas, musculoesqueléticas, infecciosas y neurológicas. El estudio apunta así a perfiles diferentes según el orden de nacimiento, más que a una ventaja general de haber nacido primero o después.
Algunos ejemplos permiten ver mejor el mapa. Los primogénitos presentaron mayor frecuencia de autismo, TDAH, tics y síndrome de Tourette, TOC, alergia alimentaria, rinitis alérgica, asma y acné. Entre los segundos hijos destacaron herpes zóster, migraña, gastritis y duodenitis, enfermedad de las vías biliares y abuso de sustancias. El estudio, por tanto, abarca enfermedades, trastornos y otras condiciones clínicas; reducirlo al autismo o al TDAH dejaría fuera buena parte de lo que lo hace interesante.

Las diferencias existen, pero son pequeñas
Encontrar una asociación estadísticamente sólida no significa que su efecto sea grande. Esta distinción es esencial para entender el estudio: trabajar con más de diez millones de personas permite detectar diferencias que pasarían inadvertidas en muestras pequeñas, pero muchas de ellas tienen una magnitud modesta. El orden de nacimiento aparece relacionado con numerosos diagnósticos, aunque eso no lo convierte en un factor capaz de determinar la salud de una persona.
El lugar ocupado entre los hermanos deja una señal estadística pequeña, pero visible, en ámbitos muy distintos de la salud.
Los investigadores expresan esas diferencias mediante una medida denominada odds ratio (OR), que sirve para comparar la frecuencia relativa de un diagnóstico entre dos grupos. En este estudio se toma a los primogénitos como referencia y se comparan con los segundos hijos. Un valor cercano a 1 indica que apenas existen diferencias; cuanto más se aleja de 1, mayor es la asociación observada hacia uno de los dos grupos.
No hace falta quedarse con una sucesión de decimales para entender los resultados. Algunos ejemplos muestran bastante bien el patrón:
- Autismo: la diferencia se inclina hacia los primogénitos y es una de las asociaciones más marcadas entre los diagnósticos analizados.
- TDAH: también aparece con mayor frecuencia entre primogénitos, aunque la diferencia es bastante menor.
- Alergia alimentaria: vuelve a encontrarse una asociación hacia los primogénitos.
- Herpes zóster: presenta el patrón contrario y constituye una de las asociaciones más claras entre los segundos hijos.
- Migraña, gastritis y abuso de sustancias: también se inclinan hacia los segundos hijos, con diferencias de distinta magnitud.
Hay otra comprobación especialmente importante. Los investigadores repitieron el análisis comparando directamente a los dos hermanos de una misma familia. De las 150 asociaciones detectadas inicialmente, 127 —casi el 85 %— conservaron la misma dirección. En general, las diferencias se hicieron más pequeñas, lo que indica que una parte de la señal inicial podía deberse a características que distinguen unas familias de otras. Pero muchas asociaciones permanecieron.
La lectura correcta, por tanto, está lejos de pensar que nacer primero «provoca» autismo o que ser el segundo hijo conduce a padecer migraña. El estudio detecta diferencias estadísticas entre grupos enormes de población. Para una persona concreta, el orden de nacimiento aporta muy poca información sobre cuál será su salud futura.
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Añadir Ciencia en el XXI en GoogleLa distancia entre hermanos también cuenta
El orden de nacimiento tampoco actúa como una etiqueta independiente del contexto. Los investigadores comprobaron que la diferencia de edad entre hermanos modificaba la asociación en 127 de las 418 condiciones analizadas. El efecto variaba, además, de manera distinta dependiendo del diagnóstico.
En el autismo, el exceso observado entre primogénitos fue mayor cuando los hermanos se llevaban entre cuatro y seis años y disminuyó con intervalos muy cortos o superiores a diez años. El TDAH mostró un patrón parecido, aunque menos marcado. Para la rinitis alérgica ocurrió algo diferente: la diferencia entre primogénitos y segundos hijos se reducía conforme aumentaba la distancia entre ambos, un resultado compatible con la hipótesis de que una convivencia más próxima favorece el intercambio temprano de una mayor diversidad de microorganismos. La alergia alimentaria mostró también una asociación más marcada cuando los hermanos estaban próximos en edad.
Comparar hermanos de una misma familia reduce muchas diferencias externas y, aun así, buena parte del patrón permanece.
En el abuso de sustancias, por su parte, la mayor frecuencia entre segundos hijos disminuía al aumentar la separación de edad. Los autores consideran que este patrón es compatible con mecanismos sociales, como una menor influencia del hermano mayor cuando la distancia generacional entre ambos crece. Que el intervalo entre nacimientos modifique las asociaciones sugiere que difícilmente existe una única explicación válida para todo el mapa clínico.

Un mapa para formular nuevas preguntas
Hay límites importantes. MarketScan recoge principalmente personas cubiertas por seguros vinculados al empleo y la muestra no representa por igual a toda la población estadounidense. Además, el análisis se restringe a familias con exactamente dos hijos. Los resultados no tienen por qué reproducirse con la misma magnitud en familias más numerosas, poblaciones sin seguro privado o grupos con otras características demográficas. Los registros recogen también diagnósticos asociados a contactos sanitarios, no la incidencia real de cada condición.
Ser el primero o el segundo hijo no determina el futuro médico de nadie; la pregunta interesante es por qué aparecen estas diferencias en poblaciones enormes.
El estudio tampoco convierte el orden de nacimiento en una herramienta para anticipar la salud individual. Su interés está en otra escala. Cuando una muestra de más de diez millones de personas permite observar pequeñas diferencias distribuidas por ámbitos clínicos muy distintos, el lugar ocupado entre los hermanos aparece como una variable epidemiológica que merece ser tenida en cuenta, aunque su capacidad predictiva para una persona sea limitada.
Ese quizá sea el resultado más útil del trabajo de Kramer y sus colegas. El orden de nacimiento parecía una variable demasiado simple para contener información clínica relevante, pero al examinar el fenoma completo surgen patrones que atraviesan el neurodesarrollo, la inmunidad, la salud digestiva, la dermatología y otros ámbitos. Nacer primero o después no escribe nuestro destino médico; sí parece dejar una señal estadística lo bastante consistente como para preguntarnos de dónde procede.
Referencias
- Benjamin Kramer, Steven A. Kushner y Andrey Rzhetsky, “Birth order and disease risk across the human phenome”, Nature Health (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s44360-026-00177-z
