
La pubertad suele reconocerse por aquello que puede verse: el crecimiento acelerado, la aparición de vello, los cambios en la voz o el inicio de la menstruación. Sin embargo, el proceso biológico comienza antes de que esas transformaciones resulten evidentes. El sistema endocrino modifica su actividad, el cerebro reorganiza circuitos relacionados con las emociones y la vida social adquiere un peso que hasta entonces tenía otra escala.
Ese periodo coincide con un aumento de la ansiedad, la tristeza, la preocupación y otros síntomas que los especialistas llaman internalizantes, porque se viven principalmente hacia dentro. Comprender qué ocurre entre los nueve y los trece años exige observar a la vez el cuerpo, las hormonas y la experiencia emocional. Un estudio longitudinal con 5.476 niñas ha seguido precisamente esas tres dimensiones para averiguar si avanzan al mismo ritmo y qué señales pueden anticipar una etapa de mayor vulnerabilidad.
La pubertad no es un único reloj
La palabra pubertad agrupa varios procesos que mantienen una relación estrecha, aunque cada uno sigue su propio calendario. Por un lado, las glándulas suprarrenales aumentan la producción de DHEA, una hormona que participa en las primeras fases de la maduración. Por otro, se activa el eje que regula la producción de hormonas sexuales, entre ellas la testosterona y el estradiol. Mientras tanto, aparecen los caracteres sexuales secundarios que las familias y los profesionales pueden observar. La maduración física es solo la parte visible de un sistema mucho más amplio.
Esta distinción importa porque dos niñas de la misma edad pueden presentar un aspecto parecido y encontrarse en momentos endocrinos diferentes. También puede ocurrir lo contrario, es decir, cambios físicos apreciables con trayectorias hormonales que no coinciden exactamente. El estudio, realizado a partir de datos del proyecto estadounidense Adolescent Brain Cognitive Development, analizó muestras de saliva tomadas una vez al año y las combinó con información sobre el desarrollo puberal y cuestionarios respondidos por las propias participantes. El seguimiento abarcó cuatro evaluaciones anuales entre los nueve y los trece años, una etapa en la que los cambios se suceden con rapidez.
Los investigadores utilizaron modelos estadísticos capaces de estimar cómo variaba cada componente de un año al siguiente. La DHEA mostró una trayectoria acelerada. En este sentido, cuanto mayor era su nivel en una medición, mayor tendía a ser el incremento posterior. La testosterona, en cambio, aumentó de una manera más gradual y uniforme. Las hormonas no avanzaban como un bloque compacto, lo que refuerza la idea de que hablar de «la hormona de la pubertad» simplifica demasiado un entramado formado por señales distintas y parcialmente independientes.

La señal apareció entre los diez y los doce años
El resultado central surgió al relacionar esas trayectorias con los síntomas internalizantes. Los incrementos de testosterona predijeron mayores niveles de malestar emocional entre los diez y los doce años, incluso después de tener en cuenta la edad, el estradiol y el grado de maduración física. La asociación apareció en las dos primeras etapas analizadas y dejó de ser significativa en la evaluación correspondiente a los doce o trece años.
Esto no significa que una concentración elevada de testosterona provoque por sí misma ansiedad o depresión. El estudio detectó una asociación estadística entre el cambio hormonal y síntomas como la preocupación, la soledad o la sensibilidad ante la opinión ajena. Las participantes no habían sido diagnosticadas necesariamente con un trastorno clínico; las medidas recogían señales de malestar que pueden actuar como antecedentes del riesgo posterior. Conviene mantener esta diferencia para evitar una lectura determinista de los resultados.
La pubertad empieza bajo la superficie, antes de que el cuerpo muestre con claridad lo que ya está cambiando.
La testosterona suele asociarse al desarrollo masculino, pero también forma parte de la fisiología femenina y participa en la maduración cerebral. Los autores plantean que su incremento podría coincidir con una mayor reactividad de los circuitos implicados en la evaluación social, la respuesta al estrés y la regulación de las emociones. En ese momento, una crítica, una comparación con el grupo o la sensación de quedar fuera pueden adquirir más intensidad. La hormona no dicta la respuesta emocional, pero podría modificar la sensibilidad con la que el cerebro procesa el entorno.
El estradiol también se relacionó con los síntomas en algunas evaluaciones posteriores, aunque no explicó el vínculo observado con la testosterona. Los resultados apuntan así a una sucesión de influencias: unas señales hormonales podrían adquirir mayor relevancia al inicio de la pubertad y otras hacerlo conforme avanza la maduración. La vulnerabilidad emocional parece depender tanto del momento como de la hormona estudiada, una precisión que se pierde cuando la pubertad se trata como una fase homogénea.
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Uno de los hallazgos más llamativos fue la diferencia entre los indicadores hormonales y el desarrollo físico observado por las familias. En una de las evaluaciones, un avance corporal más rápido se asoció con menos síntomas internalizantes. El resultado se aparta de trabajos anteriores que relacionaban una maduración temprana con mayor malestar, aunque ambas observaciones pueden ser compatibles. No es lo mismo madurar antes que el grupo que avanzar con rapidez una vez iniciada la pubertad.
El momento relativo respecto a los compañeros puede exponer a una niña a comparaciones, expectativas y formas de trato para las que todavía no dispone de recursos suficientes. El ritmo de cambio dentro de una etapa concreta plantea otra cuestión. Una progresión física más avanzada podría proporcionar ventajas sociales en determinados contextos o indicar que la fase de mayor desajuste ya ha quedado atrás. La relación entre cuerpo y salud mental cambia según la edad, el entorno y la posición de cada adolescente dentro de su propio desarrollo.
Las hormonas no determinan el malestar emocional, pero pueden alterar la sensibilidad con la que el cerebro interpreta el entorno.
El trabajo tampoco demuestra que las hormonas actúen al margen de la experiencia. El cerebro adolescente responde a señales biológicas, pero también aprende de la convivencia, la aceptación, la presión estética y las relaciones familiares. Una mayor sensibilidad a la evaluación social tendrá consecuencias distintas en un entorno seguro que en otro marcado por el rechazo o el acoso. La biología abre una ventana de sensibilidad; lo que entra por ella depende en buena medida del contexto.
Aquí reside una de las aportaciones más útiles del estudio. Los cambios internos pueden preceder a los signos que los adultos identifican como «pubertad», de modo que esperar a una transformación física evidente puede retrasar la atención al malestar. Una niña puede parecer igual que unos meses antes mientras su sistema endocrino y sus circuitos emocionales atraviesan una reorganización intensa. El título del artículo cobra sentido en ese desfase entre lo que ya está ocurriendo y lo que todavía no se ve.

Una ventana para observar mejor, no para medicalizar
Los autores sitúan entre los diez y los doce años un periodo especialmente relevante para la prevención. Esto no implica medir hormonas de forma rutinaria ni convertir la pubertad en una enfermedad. El propio estudio advierte de que sus resultados no justifican el cribado endocrino generalizado. Las muestras se recogieron una sola vez al año, por lo que no captaron fluctuaciones diarias, variaciones asociadas al ciclo menstrual ni cambios rápidos dentro de cada participante. Además, una asociación longitudinal sigue sin demostrar una relación causal directa.
La utilidad práctica se encuentra en otro lugar, en el terreno de lo más emocional. Es decir, en prestar atención antes. La irritabilidad persistente, el aislamiento, la preocupación intensa por la opinión de los demás o una tristeza que altera la vida cotidiana pueden aparecer cuando los cambios físicos todavía parecen modestos. La ausencia de señales corporales llamativas no descarta que la transición puberal ya esté influyendo en la respuesta al estrés y en el estado de ánimo.
La señal más relevante apareció en los cambios hormonales, mientras la maduración física visible ofrecía una imagen distinta.
También conviene evitar el extremo opuesto. La mayoría de las niñas atraviesa la pubertad sin desarrollar problemas graves de salud mental. Las hormonas forman parte de una transición normal y necesaria, y su efecto depende de numerosos factores biológicos y sociales. El estudio identifica una franja de mayor sensibilidad, no un destino. Observar antes significa escuchar mejor, ofrecer herramientas emocionales y reconocer el malestar cuando todavía puede abordarse sin que haya escalado.
En esencia, el estudio no invita a cambiar la mirada. Desde un calendario visible del cuerpo hacia la coordinación entre endocrinología, cerebro y entorno. Su principal enseñanza es que debemos dejar de buscar a toda costa una hormona culpable y aceptar que la pubertad empieza bajo la superficie. Cuando los adultos esperan a ver un cambio evidente, parte de la transformación ya ha sucedido.
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- Avary I. Evans, Steven M. Kogan, Kalsea J. Koss, Ellen M. House, Charles F. Geier y Assaf Oshri, “Links between hormonal and pubertal development, and adolescent females’ risk for affective symptoms”, Psychoneuroendocrinology 188 (2026), 107849. DOI: https://doi.org/10.1016/j.psyneuen.2026.107849
