El sueño de viajar a otra estrella se complica por un efecto de la relatividad

Viajar hasta otra estrella exige abandonar casi todas las escalas habituales de la exploración espacial. Incluso el sistema estelar más cercano se encuentra a más de cuatro años luz, una distancia que convierte las velocidades actuales en algo insuficiente. Una sonda convencional necesitaría miles de años para completar el trayecto, de modo que cualquier proyecto interestelar debe encontrar una forma de acelerar mucho más sin transportar cantidades desmesuradas de combustible.

Entre las propuestas más estudiadas destacan las velas de luz: superficies extremadamente finas y reflectantes capaces de aprovechar el impulso de los fotones. Un láser de gran potencia podría iluminar una vela desde la Tierra o desde el espacio y empujar una pequeña nave hasta una fracción apreciable de la velocidad de la luz. El combustible quedaría atrás y la energía se enviaría mediante un haz luminoso, una solución atractiva que, sin embargo, entra en un régimen físico poco familiar cuando la nave alcanza velocidades extremas.

Una vela empujada por fotones

La luz carece de masa en reposo, pero transporta energía y momento. Cuando un fotón golpea una superficie, puede transferirle parte de ese momento y ejercer una presión diminuta. El efecto resulta insignificante en objetos cotidianos, aunque puede acumularse sobre una vela muy ligera y de gran superficie. En el vacío, una fuerza pequeña aplicada de manera continuada permite aumentar la velocidad sin consumir propelente.

Esta tecnología ya ha superado la fase puramente conceptual. La misión japonesa IKAROS desplegó en 2010 una vela solar en el espacio interplanetario y demostró tanto la propulsión por radiación como el control de actitud. LightSail 2, impulsada por The Planetary Society, utilizó la presión de la luz para modificar su órbita alrededor de la Tierra. Estas misiones trabajaron con la radiación solar y a velocidades muy alejadas del régimen relativista, pero confirmaron que los fotones pueden guiar y acelerar una nave real. 

Los proyectos interestelares llevan esa idea mucho más lejos. Una vela de pocos gramos podría ser impulsada mediante una matriz de láseres hasta alcanzar una parte considerable de la velocidad de la luz. Propuestas como Breakthrough Starshot aspiran a enviar pequeñas sondas hacia Alfa Centauri en unas pocas décadas. El desafío consiste en mantener el haz enfocado, evitar que la vela se funda, conservar la estabilidad y comprender qué ocurre cuando la propia velocidad modifica la interacción entre la nave y la radiación.

Un haz de luz transfiere momento a una vela ultraligera y genera una aceleración continua sin necesidad de propelente. Fuente: Chao Shen y Jiaze Li (arXiv, 2026).

La luz pierde eficacia cuando la nave acelera

Chao Shen y Jiaze Li han estudiado la dinámica de una vela relativista considerando tres contribuciones distintas. La primera procede de la luz incidente, es decir, de los fotones que llegan directamente a la superficie. La segunda aparece cuando parte de esa radiación se refleja de manera especular, como en un espejo. La tercera corresponde a la luz absorbida y reemitida en muchas direcciones mediante dispersión difusa. Las tres formas de intercambio transfieren momento a la vela, aunque con intensidades diferentes

El cálculo muestra que la contribución más importante procede de la radiación incidente. La reflexión especular añade un empuje menor y la dispersión difusa aporta la fracción más débil. A bajas velocidades, todas actúan a favor del movimiento. La situación cambia gradualmente a medida que la nave se aleja de la fuente luminosa.

La causa principal es el efecto Doppler relativista. Vista desde la vela, la luz del láser aparece cada vez más desplazada hacia frecuencias bajas. Los fotones llegan con menos energía y la presión efectiva de la radiación disminuye. Cuanto más rápido se desplaza la nave, menor resulta la ganancia de velocidad obtenida con la misma fuente. El láser continúa empujando, pero cada incremento adicional requiere más tiempo y energía.

Las soluciones numéricas del trabajo reflejan esa pérdida de rendimiento. En el modelo, gran parte de la aceleración se concentra en los primeros tiempos característicos del viaje. Después, la curva de velocidad se aplana progresivamente al aproximarse a la velocidad de la luz. La relatividad no impone una barrera repentina, pero vuelve cada vez más costoso avanzar un poco más.

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Cuando una parte del empuje se convierte en freno

El gran problema está en la radiación dispersada. En el sistema de referencia de la vela, la luz absorbida se reemite sobre un abanico de direcciones. Un observador situado en la Tierra, sin embargo, percibiría ese patrón deformado por la aberración relativista: los rayos parecen inclinarse hacia la dirección del movimiento. La geometría de la emisión cambia porque el espacio y el tiempo se relacionan de forma diferente entre ambos sistemas de referencia.

En el modelo de dispersión lambertiana utilizado por los autores, esta transformación alcanza un punto crítico cuando la vela supera las tres cuartas partes de la velocidad de la luz. Por encima de 0,75 c, la contribución asociada a la dispersión difusa cambia de signo. En lugar de favorecer el movimiento, empieza a ejercer una fuerza contraria. 

Tampoco significa esto que la nave comience a detenerse. La fuerza de la radiación incidente y la reflexión especular siguen siendo positivas, por lo que el balance total continúa acelerando la vela. El efecto relativista reduce el empuje neto, pero no invierte el movimiento de la nave. La distinción es importante: la luz difusa actúa como freno dentro de un sistema que, en conjunto, aún conserva una fuerza propulsora.

El valor crítico depende además del modelo empleado para describir la reemisión. Los autores obtienen 0,75 c para una superficie lambertiana que dispersa la luz por una sola cara. En un modelo de emisión semejante al de un cuerpo negro, la transición se produciría alrededor de dos tercios de la velocidad de la luz. El fenómeno general permanece, aunque su magnitud exacta depende de las propiedades ópticas y térmicas de la vela.

La radiación incidente produce la mayor contribución al empuje. La componente dispersada se debilita con la velocidad y acaba actuando como freno en el modelo lambertiano. Fuente: Chao Shen y Jiaze Li (arXiv, 2026).

Un modelo útil, con límites claros

El estudio ofrece una descripción teórica idealizada. Supone una vela plana, analiza el movimiento en un espacio-tiempo sin gravedad y deja fuera la interacción con el gas y el polvo interestelares. Tampoco desarrolla en detalle la resistencia térmica de los materiales, la estabilidad tridimensional o los cambios de orientación de la superficie. El resultado aísla la dinámica radiativa para entender mejor un efecto concreto, sin pretender representar por completo una misión real. 

Estas simplificaciones no restan interés al trabajo. Una vela interestelar tendría que soportar un haz extremadamente intenso, mantenerse centrada y conservar una forma controlada mientras acelera. Sus propiedades reflectantes influirían en el empuje, el calentamiento y la dispersión. Los metamateriales y los cristales fotónicos podrían diseñarse para responder de forma precisa a determinadas longitudes de onda, aunque trasladar esa posibilidad a una estructura ultraligera plantea dificultades considerables. El artículo divulgativo de apoyo señala que esos materiales también podrían aprovechar ciertos efectos ópticos para mejorar la estabilidad de la vela dentro del haz. 

El trabajo también permite matizar una expectativa habitual: alcanzar una velocidad elevada no garantiza que la aceleración pueda mantenerse con la misma eficacia. La relación entre luz y movimiento cambia conforme la nave entra en el dominio relativista. El sistema propulsor pierde rendimiento precisamente cuando cada incremento de velocidad resulta más difícil de conseguir.

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Lo que la relatividad añade al diseño de una nave interestelar

Las velas láser continúan siendo una de las propuestas más plausibles para enviar pequeñas sondas a otras estrellas. Su ventaja principal sigue intacta: permiten acelerar una nave sin que esta transporte su propia fuente de energía. El nuevo análisis añade una condición que deberá incorporarse a cualquier diseño avanzado. La superficie de la vela importa tanto como la potencia del láser, porque la manera en que refleja, absorbe y dispersa la radiación determina el empuje disponible a velocidades relativistas.

También cambia la forma de interpretar el límite práctico de estas misiones. La velocidad de la luz sigue siendo inalcanzable para una nave con masa, pero mucho antes de aproximarse a ella aparecen pérdidas de eficiencia, restricciones térmicas y problemas de control. El freno asociado a la dispersión difusa se suma a esa lista y muestra que la propia radiación puede adoptar papeles distintos según el sistema de referencia.

El viaje interestelar no queda descartado por este efecto. Queda, más bien, descrito con mayor precisión. Cada paso hacia otras estrellas dependerá de comprender cómo se comporta la luz cuando deja de actuar en el régimen cotidiano. El sueño permanece, aunque la ruta exige una ingeniería capaz de trabajar bajo las reglas completas de la relatividad.

Referencias

  • Chao Shen y Jiaze Li, “Relativistic Lightsail Propulsion Dynamics”, arXiv (2026). DOI: https://doi.org/10.48550/arXiv.2606.04052

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